A favor o en contra, esa es la cuestión

Y ahora adónde vamos?, es el título del segundo filme de la directora Nadine Labaki. Evocarlo me trae una sucesión de imágenes. Las primeras, en realidad escenas del desenlace de la película libanesa, muestran un cortejo fúnebre. Los que portan el ataúd se preguntan con la mirada si enterrarlo en la parte cristiana o musulmana del cementerio en el que se comparten odios y rezos. Las mujeres, hartas de que sus hombres se maten, han decidido cambiar de fe y ellos, antes convencidos de que la verdad los asiste, bajo un blanco sol de piedra cargan el peso del cadáver, mucho más liviano que el de la duda. Vacilan. ¿Vamos hacia el lado de las tumbas de los nuestros o hacia el de los otros? Si ya no queda claro el lugar en el que poner al muerto, peor resulta vivir desde que las mujeres decidieron cambiar de religión. Alguien dijo que la certeza es la marca del fanático, ¿qué hacer entonces cuando se presenta una grieta en la estructura de la verdad absoluta? Las conversiones repentinas de madres, hermanas, esposas, hijas, han alterado un orden basado en la destrucción del distinto. ¿A qué grupo de tumbas dirigirse después de que la madre del joven asesinado abandonara el islam, sagrada pertenencia? Las que antes asistían a misa asisten a la mezquita y las que iban a la mezquita, van a la iglesia: erigidas en curiosa vecindad.

Un intercambio que intenta reemplazar la intolerancia por la armonía me conduce por el camino de las asociaciones. Sintiéndome Macario, el personaje del cuento de Juan Rulfo, que razona de ese modo, desembarco en el muelle de los bandos irreconciliables. Cedo el de los hinchas de fútbol, a los especialistas. Prefiero el de los literatos aunque no pueda adjudicarme la especialización sino la práctica. Recuerdo que décadas atrás recibí el llamado de un productor que me invitaba a un programa en el que se organizarían dos paneles: en uno se apoyaría la postulación para el Premio Nobel de Literatura de Adolfo Bioy Casares y en el otro, la de Ernesto Sabato. La consigna impuesta: el enfrentamiento. Los defensores de Bioy debían descalificar a Sabato y viceversa. Por respeto a los postulados al Nobel y a mí misma, dije no. Me enteré que esa propuesta fue levantada ya que ninguno de los escritores aceptó el convite. Desconozco si en esa oportunidad los de la unánime negativa pertenecían a las altas cumbres o a las mesetas literarias. A los que suelen anticiparse al bronce les recomendaría revisar diarios antiguos –en un periódico francés del siglo XIX no figuran gran parte de los escritores que han trascendido a ese implacable decantador llamado tiempo– en vez de dictaminar quiénes están dentro o fuera del canon.

Retomando a las heroínas de la película de Nadine Labaki, reflexiono, como en tantas otras ocasiones, acerca de las que en sus genes memoria no guardan fuertes registros de sus participaciones en las guerras pero ganan batallas memorables.

Elvira Orphée ha hecho una observación interesante: “En los asilos de locos no hay mujeres que se tomen por Dios, pero sí una gran cantidad de hombres que se toman por Dios”. La misma autora menciona a D. H. Lawrence, quien critica a las mujeres que en el goce físico permanecen tendidas, por estúpidas, y también a las que desempeñan un papel activo, por lesbianas. El guardabosque de El amante de Lady Chaterley se mira él mismo y le dice a su sexo: “Tú eres algo que está bien, en efecto: puedes alzar la cabeza. Di: ¡puertas abríos de par en par y el rey de la gloria entrará!” Para Virginia Woolf, la primera profesión perteneciente al orden de la cultura, es decir al mundo masculino, que la mujer se atrevió a ejercer, fue la literatura. Digamos entonces que se entra en la escritura con disfraz de varón, de hecho algunas lo hicieron y, aunque sea un lugar común, nombraré a George Sand. Si contraponemos su aspecto con el del joven y frágil Chopin, tardaremos en opinar que la producción artística de él era esencialmente masculina y la de ella, femenina. Vestirse de hombre y tener un amante a quien se dobla en edad, era una forma de retar a duelo a la sociedad y, que se sepa, retar a duelo no es patrimonio del llamado sexo débil.

Hubo un verdadero Boom de la literatura latinoamericana cuya poderosa y perdurable detonación me excluye de nombrar a los célebres miembros del equipo. Esa onomatopeya, a pesar de que estemos en la era del post boom, a opinión de los críticos, aún goza de fama en las mesas redondas. Me tocó, como a tantas colegas en sus diferentes variantes, participar en una que se titulaba “El boom de la literatura escrita por mujeres”. La que nos tenía como protagonistas, supongo que resultó una especie de bomba sin detonador.

Es habitual que el colega varón en el momento de tener que nombrar o citar a escritoras sufra de una amnesia repentina. No es reclamo del político cupo femenino sino confirmar la regla, aunque existan excepciones.

Ponerse dentro o fuera de las camarillas, ¿será esa la cuestión? Mi maestro, el escritor Roger Plá, comentaba que quizás su error fue no subirse a ningún colectivo con estandarte ideológico. Comunista en su juventud, descubrió que su verdadera militancia estaba en la literatura y en ganarse el pan. En una nota que publiqué en Ñ con motivo de la reedición de su novela Intemperie , transcribí un párrafo que la profesora Capdevila en su erudito prólogo dedica a la relación de Roberto Arlt con Roger Plá, nuevo en la redacción de El Mundo. A través de las columnas del diario se trenzaban en discusiones literarias acerca de cómo hay que concebir la novela, tema que en la actualidad quizás no tendría cabida ni en los suplementos culturales. “Lo que para Plá vale como presente (y porvenir) del género, para Arlt constituye su decadencia.” Pienso en los que menospreciaban a Arlt y en los que comenzaron a calificar a Roger Plá de escritor de culto. Ser escritor de culto no es una vocación con la que se nace, si me equivocara y la partera literaria supiera reconocerlos con el primer libro publicado yo, de puro escéptica, les aconsejaría escribir sin ilusionarse: el prometido cielo de las plumas insignes suele ser poco previsible. Salvador Benesdra, devenido también en escritor de culto, se quitó la vida mientras aún pertenecía al grupo de los inéditos, quizás, de haber visto publicados sus libros El traductor y El camino total, aún estaría vivo. Publicación póstuma. Fama con ediciones de mínima tirada y preguntas que, como las del cortejo fúnebre en el que marchan codo a codo los enemigos, son de dudosa respuesta. Sucumbir bajo el fuego amigo de colegas y/o compatriotas suma un drama al drama.

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