8 abrazos al día

Si pudieras sazonar tu salsa emocional con la misma facilidad con la que sazonas tus platos, ¿qué especias elegirías? Y si supieras que una de esas exóticas y sabrosas especias puede mejorar tus relaciones con los demás y como consecuencia directa de ello hacerte más feliz, ¿la añadirías? Y si además descubrieras que existen formas sencillas y gratuitas de generar esa hormona, ¿la racionarías o serías generoso con su uso?

Se llama oxitocina y es la hormona que nos conecta con los otros, la que nos permite sentir lo que los demás sienten. Es el sustrato bioquímico de esa maravillosa capacidad que todos conocemos como empatía. La producen todos los mamíferos, incluidos nosotros los humanos, y además de actuar como neurotransmisor, está relacionada con los patrones sexuales y con la conducta maternal y paternal. En las familias y las comunidades que comparten y realizan transacciones e intercambios basados en la confianza parece ser la responsable química de nuestra generosidad y nuestra compasión. A estas conclusiones ha llegado Paul Zak, profesor de Economía, Psicología y Neurología y pionero en el campo de la Neuroeconomía, después de someter a varias personas a un curioso experimento sobre moralidad y confianza.

El experimento de la confianza

Imagina que estás participando como voluntario, a cambio de 10 euros, en un experimento que medirá tu memoria y precisión cognitiva. Lo peor de la situación son los largos test que tienes que realizar por ordenador y el permitir que te saquen sangre al principio y al final del experimento, pero curiosamente, las tareas parecen fáciles y nunca fallas. Una vez has terminado tus ejercicios individuales, un ordenador te asigna a un compañero de experimento, al que no ves y no conoces, y con el que vas desarrollar la segunda parte del trabajo que ahora medirá vuestra rapidez de respuesta.

Al poco tiempo recibes el siguiente mensaje: “¿Quieres reasignar parte de los 10 euros que has ganado por estar aquí, regalándoselos a otro participante? La cantidad que decidas darle se triplicará en su cuenta y tendrá más dinero del que tiene ahora.”

Nuestro primer impulso es pensar que la mayoría de la gente se quedará con todo el dinero. ¿Por qué motivo iba yo a regalar a un desconocido el dinero que he ganado después de tantas horas de ordenador y dos jeringuillas de mi propia sangre? ¿Qué harías tú? Mientras piensas en tu posible respuesta, te llega un segundo mensaje:

“Una persona te envió esta suma de dinero. ¿Deseas quedarte con todo o prefieres devolverle algo en compensación?”

Nueva decisión, ¿Qué harías en este segundo caso?

En opinión de Paul Zak, la primera decisión se basa en la confianza y la segunda en la integridad y la fiabilidad. Cualidades que según sus estudios no solo son la base de la generosidad de espíritu sino de la prosperidad económica. Ya que nuestras transacciones habituales, ya sea comprando un artículo por Internet o depositando tu dinero en el banco, están basadas en esas mismas cualidades: confianza, integridad y fiabilidad.

Quizás te sorprenda saber que el 90% de las personas que recibieron el primer mensaje cedió desinteresadamente parte de sus ganancias y el 95% de los que recibieron el segundo mensaje devolvieron alguna cantidad de dinero a quien había sido generoso con ellos.

Curiosos resultados para los tiempos que corren, las noticias que leemos y el aparente momento de desconfianza por el que atravesamos. Asombra leer que la generosidad y la confianza sigan presentes en nosotros de una forma tan esencial, a pesar de todo lo que nos rodea.

Pero volvamos a la bioquímica. A nuestros sujetos voluntarios se les midieron los niveles en sangre de oxitocina antes y después del experimento y los resultados mostraron que cuanto más dinero recibía la persona más oxitocina producía su cerebro y cuanta más oxitocina tenía la persona en sangre, más dinero devolvía.

En un experimento posterior, Paul Zak y sus colaboradores repitieron la situación con 200 hombres a los que se inoculó oxitocina o una sustancia placebo según el grupo al que fueron asignados. Los resultados de nuevo verificaron la hipótesis: las personas sometidas a altos niveles de oxitocina no solo mostraron mayor confianza en la primera situación, en la que había que desprenderse de su dinero para entregarlo a un extraño a cambio de nada, además se duplicó la cantidad de personas que enviaron todo su dinero de vuelta a un extraño en la segunda propuesta.

Sorprendente o evidente, puede que nuestra generosidad sea más innata de lo que pudiéramos pensar a primera vista. Lo que si es seguro, es que está relacionada con nuestros niveles de oxitocina en sangre. Y aunque es sabido que aproximadamente un 5% de la población no genera esta hormona ante ningún estímulo, la mayoría de nosotros poseemos la capacidad de producirla en nosotros y en los demás, amplificando la generosidad y la compasión, haciéndonos más confiables y confiados.

El secreto de los abrazos

Existen varias maneras de generar oxitocina en nuestro cerebro, todas ellas medidas por el intrépido economista que quiso descubrir la química de la moralidad y la generosidad. Pero una de ellas es asombrosamente sencilla y poderosa. Es ese condimento de sabor cotidiano pero exótico por su escasez, que añadido en pequeñas dosis en nuestra vida puede transformar el sabor de nuestro día a día y el de otras personas. De hecho su sabor intenso y estimulante permanece tanto tiempo en nuestras papilas gustativas y en nuestra sangre que es posible incluso transformar el estado de ánimo de unas cuantas personas.

Como la mayoría de los tesoros que nos rodean, la especia es tan familiar como escasa. Y por ello es necesario ir acostumbrando a nuestro cuerpo a su producción diaria. Como la homeopatía, es imprescindible tomarla en pequeñas dosis repetidas en el tiempo y de forma muy regular, porque la oxitocina parece ser una molécula generosa pero tímida y requiere que seamos intrépidos para que pueda aparecer y permanecer en nuestro plato emocional.

Este maravilloso condimento capaz de transformar ánimos y aparentemente economías, se llama abrazo, es gratuito y muy poderoso. Pero para que haga efecto en nuestros cerebros y en el de nuestros congéneres necesitamos una dosis mínima diaria y continuada, como esa pizca de azafrán que poco a poco va coloreando y transformando el color y sabor de nuestros platos. ¿Te animas a transformar la salsa emocional de tu entorno? Solo hay que empezar añadiendo una pequeña dosis de oxitocina. ¿Cómo?

El reto de los abrazos

¿Te parece fácil? Entonces te reto a que lo pruebes. Observa durante unos días cuantos abrazos das y a cuantas personas diferentes abrazas y así descubrirás cual es el sabor de tu salsa emocional. Cuando yo me uní al experimento, me asombró descubrir que algunos días de mi vida eran tristes como una ensalada sin condimento por que no había abrazado a nadie. Así que decidí armarme de valor, aumentar mi propia dosis de oxitocina y lanzarme al mundo de los abrazos. Después de cierta práctica conseguí el gran reto de LOS OCHO ABRAZOS e irremediablemente me enamoré de sus distintos matices. Algunos son frescos y delicados como la albahaca, otros intensos como el azafrán y otros perfumados y explosivos como el jengibre. Lo cierto es que ninguno me deja indiferente, por que todos me inundan de oxitocina

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