22 de abril – Día de la Tierra

22 de abril – Día de la Tierra

ECOLOGÍA: Cuidar y cultivar la creación, tarea del ser humano

El Señor solo cuenta con nuestras manos para cambiar el mundo. En la medida que cada uno produce un cambio, una transformación encaminada hacia el amor, la esperanza, la fe, la oblación, está transformando al mundo.

Si somos capaces de reprogramarnos, de mirar la vida con confianza y coraje, de obrar con y por amor, ese cambio operado en nosotros se transmitirá a los demás influyendo positivamente en el entorno, en los cercanos, en los que se contactan con nosotros; y así ellos podrán transmitir el cambio también.

Nuestra querida Tierra no es inerte, está viva y responde a la acción y energía del ser humano con su propia energía.

El hombre es cambiante y, para vivir tranquilo tiene que confluir con todos los elementos de la creación evitando que siga el curso de destrucción y autodestrucción (cambios climáticos, agujero de ozono, aumento de la temperatura global, etc.) que se está manifestando con fuerza en los últimos tiempos.

Nuestro planeta es nuestra casa. No tiramos residuos en el living, no arrojamos desechos en la bañera, no hacemos fuego en el dormitorio… pero descuidamos los espacios públicos, contaminamos las aguas, la atmósfera, el suelo…

No podemos, tal vez, cambiar la realidad total, pero en la medida en que nos responsabilicemos por nosotros mismos y hagamos nuestra parte, nos estaremos sumando a muchas personas que actúan y trabajan por su transformación, y por conservar la naturaleza y “nuestra casa”.

El hombre vive en comunidad.

Todos formamos parte del gran consorcio planetario, somos un nudito en la trama de la vida, partes de un Todo cuya esencia es el Amor.

Comencemos, entonces, a trabajar por nosotros y los otros.

En Mateo 9:35 leemos: Jesús recorría todas las ciudades y pueblos; enseñaba en sus sinagogas, proclamaba la buena nueva del Reino y curaba todas las dolencias y enfermedades.

ÉL enseña, sana y encomienda este trabajo a los 12 discípulos en el capítulo siguiente… nosotros, discípulos del Siglo XXI tenemos la misma responsabilidad: enseñar –a cuidar, a respetar, a reparar, a amar…- y sanar – a este planeta-casa enfermo y deteriorado por el descuido y el materialismo, a tantas almas desorientadas que solicitan ayuda o consejo, a tantos enfermos de soledad e inestabilidad, de inseguridad y falta de confianza-.

El hombre, la tierra, toda la creación, necesitan un programa de ecología del alma, del corazón.

Comencemos por reparar lo deteriorado en nosotros, cuidémonos y cuidemos el entorno humano y natural en general.

Recordemos las palabras del Maestro en el Evangelio de Marcos 7: 14–16: Y Jesús, llamando otra vez a la gente, les dijo: “Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. ¡Si alguien tiene oídos para oír, que oiga!”.

Cortemos con la hipocresía, cuidemos lo que sale de nuestra boca, no contaminemos con palabras fuera de lugar, calumnias, juicios, insultos, el oído y el corazón de los que reciben ese maltrato de nuestra parte, y eliminemos la contaminación de nuestro entorno natural, limpiando y reparando el medioambiente como lo hacemos con nuestro propio cuerpo o nuestra propia casa.

San Felipe Neri (1515-1595), sacerdote que había recibido de Dios el don de la alegría y la amabilidad, por lo que es conocido como “el más alegre de los santos”, recibió un día en confesión a una mujer arrepentida por haber hablado mal de algunas personas. El Padre Felipe la absolvió, pero le puso una penitencia extraña: ir a su casa, sacrificar a una gallina y volver desplumándola poco a poco a lo largo del camino. Cuando estuvo de nuevo ante él, le dijo: “Ahora vuelve a casa y recoge una por una las plumas que has dejado caer cuando venías hacia aquí”. “¡Imposible! –dijo la mujer– el viento las ha dispersado en todas direcciones”. “Ya ves –dijo Felipe– como es imposible recoger las plumas una vez que se las ha llevado el viento; igualmente es imposible retirar las murmuraciones y calumnias una vez que han salido de la boca”.

Practiquemos una ecología práctica, concreta, cuidando el ambiente en el que transcurre nuestra vida; y una ecología del alma, sutil, profunda, limpiando todo aquello que nos reduce, que no nos permite crecer, des-contaminando nuestra psique, liberando al corazón de ataduras inútiles como la ira, la envidia, la difamación, el orgullo…

Un Midrash (estudio exhaustivo e interpretativo del Antiguo Testamento por sabios judíos) dice: “Cuando Dios creó el primer hombre lo llevó de la mano y le mostró todos los árboles del Jardín del Edén y le dijo: ¡Mira mis obras, cuán hermosas son! Ten cuidado de no corromper y destruir mi universo, pues si lo destruyes nadie lo reparará después de ti.”

Desde el Islam se cuenta que cierto día, el Profeta Mahoma estaba viajando junto a un río cuando llegó la hora de las oraciones. Sus seguidores se arrojaron al río para ejecutar sus abluciones rituales, pero el Profeta sólo llenó de agua un pequeño cuenco para lavarse. Le preguntaron por qué, rodeados de un río caudaloso, él usaba tan poca agua. El Profeta respondió que simplemente porque el agua era abundante ello no significaba que tenemos el derecho de derrocharla.

La Revelación bíblica nos ha enseñado que la naturaleza es un don del Creador que puso en ella su orden intrínseco para que el hombre pueda descubrir, en ese orden, las orientaciones necesarias para «cultivarla y guardarla».

Génesis 2:15 Tomó, pues, el Señor Dios al hombre y le dejó en al jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase.

Desde el lugar en el que estés, no importa la tradición que te contenga o el camino que hayas elegido, colabora contigo mismo, con tus seres queridos, con tu entorno, con la naturaleza y con esta Tierra que nos alberga a todos.

Adriana

Que las tiernas manos de Dios te sostengan

hasta que encuentres la plenitud de tu alma.

Que el Señor habite en tu corazón.

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