¿DE QUÉ HABLAMOS CUANDO NOS REFERIMOS A LA ALEGRÍA?

Nuestra sociedad, y en ella, todos nosotros somos, aún sin saberlo seguidores de la orientación filosófica del momento. Y este momento que ha ido sumando pequeños fragmentos del poso cultural de la modernidad, es heredera y deudora de Nietzsche. Este estilo de pensamiento ha ido dejando una idea muy difundida: “la Iglesia, con sus defectos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida? ¿no pone quizá carteles de prohibición precisamente allí donde la alegría, predispuesta en nosotros por el Creador, nos ofrece una felicidad que nos hace pregustar algo de lo divino?1. Como bien recoge el Papa Benedicto en la Encíclica “Dios es amor”. Esta sospecha que se ha hecho recaer sobre la Iglesia como temerosa de la felicidad, ha acompañado frecuentemente a la Vida Religiosa. Y sin embargo, la raíz de la decisión vocacional por el seguimiento de Jesús en la profesión religiosa, se asocia, necesariamente a la felicidad.

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