¿Condenó Jesús el divorcio?

Una de las asignaturas pendientes en la agenda eclesiástica es la revisión de las leyes canónicas, entre ellas las concernientes al matrimonio, a la luz tanto del Evangelio como de lo que seguimos aprendiendo de las ciencias humanas. El trato de relaciones humanas familiares –que en moral se evocan con frecuencia— no debería ser abordado fríamente, como una institución de orden meramente legal. Este trato es evidente cuando es cuestión de procesar anulaciones matrimoniales. El malestar se manifiesta en particular en el trato de situaciones dramáticas que ocasionan su ruptura, el divorcio, con las dolorosas secuelas para una parte al menos de las personas afectadas. Este malestar ha sido muchas veces expresado. Muy distinto es el trato dado en las Iglesias Orientales, donde tiene peso específico efectivo la misericordia[1]. Particular impacto tuvo la valiente carta pastoral de tres obispos del Sur de Alemania pidiendo un trato pastoral para los divorciados que reconsidere la posibilidad de admitirlos a los sacramentos[2]. Después de haber escuchado literalmente cientos de casos durante mis años en una parroquia en Lima, puedo perfectamente comprender y hacer mío ese malestar. Es “malestar” porque hay dolor y una sensación de injusticia, además de que el trato jurídico-legal no se condice ni con el Evangelio ni con la actitud de compasión de Jesús de Nazaret, aparte de consideraciones más humanas.

La idea del matrimonio en la Iglesia se basa en una imagen de Jesús como legislador y una consecuente lectura jurídica de los contados pasajes bíblicos que tratan el asunto, muy diferente de aquella que la exégesis más informada expone. Medular es la referencia a Jesús y la idea de indisolubilidad que se le imputa a Jesús.

Es común asumir que, porque Jesús condenó el divorcio antaño, lo haría también hoy. Esa idea la califica Bruce Malina como “anacronismo etnocéntrico”[3], por eso pregunta: “¿Significan lo mismo el matrimonio y el divorcio cuando Jesús habla de ellos y cuando nosotros hablamos de ellos?”[4]. Es lo que queremos ver más de cerca en una suerte de esbozo, introduciendo consideraciones de orden socio-cultural[5]. La importancia de estas consideraciones estriba en que la atención se centra en el ser humano, no en textos escritos en cuanto tales.

El factor socio-cultural

El documento vaticano de 1993 La interpretación de la Biblia en la Iglesia, nos recuerda que “el estudio crítico de la Biblia necesita un conocimiento tan exacto como sea posible de los comportamientos sociales que caracterizan los diferentes medios en los cuales las tradiciones bíblicas se han formado” (I.D. 1). Yo añadiría, «y de los condicionamientos culturales». Más adelante aclara que el acercamiento antropológico cultural “permite distinguir los elementos permanentes del mensaje bíblico que tienen su fundamento en la naturaleza humana, y las determinaciones contingentes, debidas a culturas particulares” (I.D 2).

Jesús, Pablo, y los evangelistas, cada uno de ellos vivía en una determinada cultura, con su cosmovisión y costumbres, dentro de la cual su discurso tenía sentido. Los valores, lenguaje, creencias, y por cierto su comportamiento, se derivaban de la sociedad en la que vivían. Es en esa matriz donde podremos comprender las razones para la conducta y los discursos que leemos en el NT, entre ellos los relacionados al divorcio.

Nuestra cosmovisión no es idéntica a aquella de los tiempos bíblicos. Los conocimientos adquiridos en las áreas de humanidades, los descubrimientos arqueológicos, el escudriñamiento de la naturaleza y el cosmos… han cambiado considerablemente nuestros conceptos y nuestros paradigmas socio-culturales, nuestra manera de comprendernos a nosotros mismos y de relacionarnos. Y esto, sin duda alguna, ha llevado a entender de otra manera también la relación entre el hombre y Dios. Todo esto significa que entre ellos y nosotros hay una considerable distancia, no sólo en el tiempo y el espacio, sino en lo que concierne la matriz socio-cultural en la que se dan sus significados. Así, en el Occidente moderno ni se entiende ni se vive el papel de la mujer como antaño, ni su relación con el varón y su lugar en la sociedad; hoy no admitimos como válida la vetusta idea de que ella es un ser inferior y que debe estar subordinada al varón, como se lee de inicio a fin en la Biblia[6].

Las relaciones sociales eran estrictamente jerárquicas. La subordinación de la mujer al marido era parte de las normas y virtudes propias de antaño, y nos es conocida también del Nuevo Testamento. La mujer que no vive bajo la tutela de un varón es vista como carente de honra, de ahí la importancia del acta de divorcio, que le permite volver a casarse. Sólo nuevas nupcias le restituyen su honor, al entrar en la esfera del honor del varón

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