«Felices los limpios de corazón porque ellos verán a Dios»

La alegría, la alegría verdadera es una experiencia que tiene mucho qué ver, no sólo con la realización de los deseos, sino con su dilatación, con la posesión de deseos gigantes que tiran hacia delante de nuestras esperanzas, y llenan de vida nuestra espera. En el contexto de un monográfico que trata de abordar la pregunta por la felicidad en la vida religiosa, la bienaventuranza que da título a esta contribución, parece ponernos en un lugar “incómodo”. En primer lugar, esto de “la pureza del corazón” suena más a represión que a expansión de los deseos. Y por otro lado, parece remitir indefectiblemente al sexto mandamiento: «No cometerás actos impuros»1. La conclusión fatal, sería el pretender explicar, cuando no justificar, los fundamentos bíblicos de la castidad consagrada desde esta percepción. Sin embargo, y a pesar de que esta lectura de la bienaventuranza se convierte en la habitual a partir del s. XIX, el sentido de estas palabras en Jesús, y la acogida de las mismas a lo largo de la historia de la espiritualidad cristiana, nos brinda una comprensión mucho más rica2, más compleja y polifónica, más profunda y radical, y en consecuencia más felicitante y sin duda más comprometedora.

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