«Eres valiosa para mí y te quiero» (Is 43,4)

Parece necesario hablar sobre un presupuesto fundamental para la felicidad: todos tenemos necesidad de sentirnos valiosos. Valía personal enraizada en nuestra dignidad, hecha de autoestima, autoaceptación, conciencia de historia personal única e irrepetible… acechada también por la posibilidad de afianzamientos inconsistentes basados en el poder y el tener.
Somos creyentes, religiosos, mujeres y hombres seducidos por el Dios de la vida, seres humanos siempre en camino, en busca de sentido… ¡Eso basta para ser felices! Sin embargo, siempre necesitamos de lo humano más humano: saber y sentir que valemos. Pero es que dentro de lo humano se entraña lo divino. Sí, atisbamos lo humano y lo divino entretejido en esa nostalgia que nos acompaña por el misterio siempre insondable:
«Tú formaste mis entrañas, me tejiste en el seno materno. Te doy gracias porque eres prodigioso; soy un misterio, misteriosa obra
tuya…» (S 139,13-14); «Así dice el Señor, el que te creó, el que te formó: No temas, te he llamado por tu nombre… yo te aprecio y eres valioso y yo te quiero» (Is 43, 1-2. 4).

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