¡Imperdible!!!

Pensamientos incorrectos

Martes 20 de marzo de 2012

La militancia

Por Rolando Hanglin | Para LA NACION

Cuando oigo hablar de «La Militancia» en tono heroico, recuerdo mis catorce años, y las circunstancias en que escuché esa palabra por primera vez.

Me encontraba en segundo año del Colegio Nacional de Buenos Aires. El primer año había sido de deslumbramiento: como chico chico provinciano de Ramos Mejía, me encontraba ante caras, situaciones, códigos, personalidades, completamente desconocidos. Fui buscando mi lugar en ese nuevo contexto: un colegio histórico, más antiguo que el país donde yo había nacido, y prestigiado por el hecho de que numerosos próceres, presidentes, gobernadores, ministros, escritores, científicos, habían estudiado en ese mismo Colegio, con sus legendarios seis años de Latín.

La nómina de ex-alumnos y su figuración histórica era completamente abrumadora, para nosotros, que dimos el peliagudo examen de ingreso siendo chiquilines de doce años. Manuel Belgrano, Carlos Pellegrini, Carlos Saavedra Lamas, Marcelo Torcuato de Alvear, Bernardo Houssay, Agustín P. Justo, Ángel Gallardo, Aristóbulo del Valle, Carlos Ibarguren, Guillermo Rawson, Jorge Taiana. José Nicolás Matienzo, Nicasio Oroño, Roque Sáenz Peña. Hoy podrían agregarse otros nombres, tal vez más explosivos: Carlos Corach, Mario Firmenich, Gustavo Ramus, Martín Lousteau.

Mi lugar en el mundo vino a ser, en principio, el equipo de fútbol de la séptima división.

Tal vez este relato sirva para significar lo que la Militancia es, y lo que no es

Pero, en segundo año, conocí a un grupo de alumnos que me fascinó. Pertenecían al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR Praxis) encabezado por un profesor universitario, llamado Silvio Frondizi, hermano del entonces presidente de la Nación. Mis nuevos amigos me llevaron a presenciar las charlas del profesor, a quien llamaban simplemente Silvio, o «El Viejo». Las salas de conferencias, en la Universidad de Buenos Aires, estaban abarrotadas de jóvenes intelectuales. Frondizi, un digno caballero a la antigua, disertaba con gran estilo sobre la época por venir: la Globalización, que él venía pronosticando desde 1950 con el nombre de Integración Mundial del Capitalismo.

Me fui alejando de mis compañeros futbolistas e hice lo imposible para que estos nuevos amigos me aceptaran.

Al cabo de algunos meses, mi nueva pandilla y yo habíamos adoptado el hábito de «naufragar», es decir reunirnos durante toda una noche y permanecer sin dormir hasta las siete -hora de ir al colegio- lo cual nos parecía una arriesgada forma de libertad, con algo de clandestino y rebelde. Charlábamos horas y horas, sin parar, para conocer a fondo nuestras almas. No había alcohol, ni drogas, ni sexo: sólo conversación entre adolescentes varones.

Gracias a aquel grupo de cuatro mocosos, yo conocí la Militancia y formé parte de ella.

El Movimiento tenía una estructura interna que yo desconocía, ya que estaba compuesto por células independientes entre sí, al modo trotskista. Cada uno debía elegir su «nom de guerre», que siempre era una sola palabra, fácil de memorizar y esencialmente española. Por ejemplo: «Cuevas», «Bilbao» u «Omar».

Nosotros éramos «cuadros». No afiliados, no simpatizantes, no partidarios de una cierta tendencia política. No: cuadros.

Los afiliados a este grupo ultra-secreto pertenecíamos a dos categorías. Uno era «activista» al ingresar y luego, con más experiencia, lo ascendían a «militante». Entre «El Viejo» y los «militantes» flotaba un grupo joven, de talento indiscutido, llamado «El Equipo Móvil». En aquel entonces, es decir 1960, no existía la insurgencia armada. Yo nunca tuve un arma, y mis amigos tampoco. Éramos estudiantes secundarios. La guerrilla todavía no había echado raíces en la Argentina. Pero soñábamos con una gloriosa Revolución, realizada por auténticos Obreros como los que dibujaba el artista Carpani, musculosos y de facciones indígenas. Nunca pasó por nuestras cabezas la idea de que una verdadera revolución social se iniciaría con el fusilamiento de nuestros propios padres, que eran destacados miembros de la burguesía comercial, profesional, industrial y agropecuaria. En el fondo, no pensábamos que aquella cosa pudiera suceder, pero vivíamos en un mundo inofensivo de fantasías heroicas.

Nosotros éramos «cuadros». No afiliados, no simpatizantes, no partidarios de una cierta tendencia política. No: cuadros. Cada uno de nosotros debía ser una encarnación del Hombre Total. Conversábamos en una jerga extraña, mezcla de marxismo, existencialismo y psicoanálisis, con gotas de Erich Fromm y Franz Fanon. Naturalmente, Fidel Castro y Ernesto Guevara eran nuestros ídolos. Concurríamos cada viernes al cine «Lorraine» de la calle Corrientes, donde daban filmes de Akira Kurosawa y otros genios ininteligibles.

Para ser un Hombre Total (en embrión) había que cumplir varios requisitos. Primero: uno debía formar pareja. No se trataba de tener novia, ya que «novia» era una palabra burguesa y retrógrada, signo de un ridículo minuet que conducía al repulsivo matrimonio. Tener pareja, o sea mantener una relación de pareja, equivalía a hacer el amor. Por ese motivo, todos nosotros nos las ingeniamos para apalabrar a alguna chiquilina de 14 años, de modo que se acostara con nosotros en algún sitio oculto (corría el año 60) cuando teníamos apenas 16.

Segundo mandamiento: el Hombre Total debía hacer terapia para «resolver sus contradicciones». Por eso todos los muchachos íbamos al psicoanalista, a la terapia de grupo, incluso a las sesiones de ácido lisérgico. Era imprescindible someterse a una terapia. Yo concurrí a muchos psicólogos de variada escuela, para desconcierto y angustia de mis padres: «¿Qué tenés, qué te pasa?» preguntaban. Yo deambulaba de uno a otro licenciado, siempre aburrido y sin saber qué decir.

Tercer Mandamiento: el militante debía «militar». Es decir: desarrollar una actividad concreta a favor de la causa, en el marco de una organización y a las órdenes de una autoridad «correcta» y con la necesaria «jerarquía». Estas palabras, pronunciadas con solemnidad, nos aceleraban el corazón. Uno podía militar en el frente «barrial» o en el frente «estudiantil», o incluso en un frente «internacional». Pero lo más glorioso y auténtico era militar en el frente obrero. Entre los trabajadores de piel oscura, llenos de odio y de vida. Ese era «el lugar» adecuado para militar.

Naturalmente, yo también lo hice. Entré a «militar» en un frente «obrero» llamado Villa Insuperable. No era exactamente una villa miseria, sino una barriada humilde. Por ejemplo, las calles estaban correctamente delineadas, y algunas con asfalto. En determinado momento, iniciamos un trabajo denominado «entrismo», que consistía en acudir como «militantes sociales» para sumarnos, un poco misteriosamente, a las sociedades de fomento y otras organizaciones populares. En nuestro caso, participamos de un Movimiento Pro Agua y Luz en la Villa.

No recuerdo el cómo ni el cuándo. Se nos dio la consigna de visitar a los vecinos para convocarlos a una manifestación popular, reclamando servicios sanitarios y eléctricos. Casa por casa, golpeábamos las palmas en reclamo de algún criollo que aceptara ser adoctrinado. Esto se hacía siempre los domingos, para encontrar al jefe de familia. Además, nosotros íbamos al colegio de lunes a viernes.

Salía a la puerta, pues, un señor Palma, o Santillán, o Gauna, o Aguirre, o Hidalgo. Le mostrábamos el panfleto, le explicábamos lo apremiante de la situación y lo incitábamos a concurrir a la manifestación, con saña, con rabia, con indignación. El criollo nos miraba y prometía: «Sí, mi amigo, cuenten nomás con un servidor, yo voy a ir…»

Fatigamos aquellas calles grises y nos embarramos los zapatitos Gomycuer durante muchos fines de semana, robándole horas al estudio, a la compañera o al tenis. En nuestros delirios preliminares, disponíamos de 80 manifestantes aguerridos, incluso armados hasta los dientes. Descontando aquellos veinte que pudieran encontrarse borrachos en el momento del asunto, y otros diez con problemas personales, como una gripe o una hija violada, estábamos convencidos de contar con cincuenta obreros, a cual más negro y explotado. Así lo comunicamos a nuestro «militante», que procedió a alquilar un camión. Se trataba, más bien, de un viejo Rastrojero. Pero, en nuestros sueños, imaginábamos un verdadero Scania colmado de fervorosos obreros peronistas, y nosotros mezclados entre ellos. Con banderas y palos amenazantes.

Llegó el día del Acto. Un sábado. El Rastrojero pasó a buscarnos por Plaza Once y marchamos hacia Villa Insuperable, que estaba por el lado de La Matanza. Cuando fue la hora señalada (16:00) sumábamos siete personas en la caja de la furgoneta: seis estudiantes del Nacional y un marinero paraguayo, afiliado al Partido Comunista, posiblemente equivocado de citación, que se había trepado muy serio, con su mejor traje, camisa blanca y corbata al tono.

¡Qué desilusiones nos daba el proletariado!

En otra ocasión, logramos reunir a un buen grupo de vecinos en una casa de barrio. No se trataba del estadio clamoroso que nosotros soñábamos, ni un descampado miserable, ni un socavón entre las chozas, no. Sencillamente, una casa de barrio, donde la patrona había acomodado cerca de veinte sillas. Y allí se manían, un toco tiesos, unos cuantos vecinos, dispuestos a reclamar, con bastante furia, el agua y la luz que el país no les daba. Infiltrados entre ellos, nos encontrábamos nosotros, los militantes y activistas, dispuestos a captar cualquier contradicción para «profundizarla» y elevar el nivel de conciencia, hasta generar una auténtica ¡Conciencia de clase!

Uno de los vecinos se puso de pie y dijo su breve discurso. Era don Nicola, un inmigrante recién llegado de la Calabria, que necesitaba más luz y mejor agua para su verdulería. El hombre habló con energía, los mofletes inflamados: «Il siñore Segba. ¿Qué se pensa que siamo noialtri? ¿Siamo basura, siamo un pezzo di merda? ¡Ma non, siñore Segba, siamo seres humano!».

Alarmado, comenté al oído de mi compañero activista: «Este tano no tiene ni idea, cree que Segba es un señor.» Obviamente, don Nicola se refería a los Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires. Segba.

– No tiene importancia, compañero. Es un militante de base. No tiene jerarquía, pero milita desde su lugar.

Así comencé a captar la idea: «Militante de Base». Nada que ver con un «cuadro».

Un día se nos dijo, en nuestras reuniones de catecúmenos, que el Movimiento estaba a punto de «sacar un Documento». Transcurrieron semanas, y luego meses. Cada tanto, nos preguntábamos:

– Che. ¿Qué pasa con el documento?

– Lo están elaborando. Parece que va a tener mucha jerarquía.

– Ah, bueno.

Finalmente, se nos hizo llegar el Documento. Era un llamamiento político de dos carillas. Se imprimió con gran esfuerzo en los mimeógrafos y las Simulcop de aquel entonces.

Un día, entré a mi casa (en Galileo y Copérnico, dentro del barrio llamado La Isla, Palermo Chico) con grandes paquetes de volantes.

Mis padres estaban de viaje, en Europa. La Tía Cándida se encontraba a cargo de mi persona y la de mis hermanas.

-¿Qué son esos papeles?- preguntó.

-Nada, cosas del Movimiento- respondí.

-¡Otro número! Espero que no me saques canas verdes- concluyó mi tía Cándida.

Llegó el viernes a la noche y nos reunimos, en el hall de la terminal ferroviaria Retiro, cuatro activistas y un militante: sin hablar, nos repartimos las resmas de impresos. Cada uno se dirigió a un rincón diferente del inmenso salón, donde miles de personas discurrían apuradas, en busca de su tren a los suburbios.

Yo envolví el fajo de panfletos en el brazo izquierdo, respiré hondo, tomé un volante y me dirigí al primer individuo que se me cruzó.

-Oiga señor, estamos distribuyendo este llamado a la revolución.

El tipo me miraba con impaciencia. No llegó a responder. Una mano firme me tomó del brazo. Di la vuelta y me encontré con el rostro cansado de un viejo oficial.

-Policía Ferroviaria, acompáñeme- murmuró, mostrando una credencial.

Y así caímos presos en la Terminal de Retiro-Mitre. Los cinco «cuadros».

En aquella comisaría, había algunas prostitutas, algunos borrachos y otros seres oscuros que posiblemente fueran delincuentes en serio (¡no revolucionarios!) de modo que el comisario tuvo la bondad de sentarnos en la sala de espera. Lógico: éramos niños de familia educada, y menores de edad.

Me pidieron el número de mi casa. Llamaron a la Tía Cándida. Luego supe que, asustada, la tía había arrojado todas las copias del Documento por el incinerador. Así destruyó un esfuerzo de propaganda inédito, y retrasó la revolución socialista varios años.

Como mis viejos estaban de viaje, la tía no encontró mejor recurso que llamar a un amigo de mi padre, el empresario Pastor Oscar Magdalena, quien acudió a la comisaría y le preguntó al jefe: «¿Cuántos tractores hay que dejar a cambio de estos rehenes?».

-Nada, señor, lléveselos.

El chiste de Magdalena venía a cuento de que, en aquel entonces, después de la invasión a Bahía de los Cochinos, Fidel Castro exigía a los americanos un tractor por cada prisionero que devolviera al imperialismo yanqui.

En fin. Todo bastante cómico.

Aquella fue la época en que yo escuché hablar, por primera vez, de cuadros, militancia, activistas, jerarquía, contradicciones y ese tipo de cosas.

Diez años después, la vida había pegado un salto mortal.

Mi padre se había suicidado. El gran piso de Galileo y Copérnico se vendió.

Los activistas y militantes pertenecían a nuevas organizaciones, en cuyo seno se habían fusionado los católicos tercermundistas, los nazi fascistas de Tacuara y la GRN, los comunistas, los social-cristianos, los «troskos», y muchos jovencitos que acudían en procura de «algo nuevo», convocados por el asesinato del ex-presidente Pedro Eugenio Aramburu.

Así es: la violencia excita. La agresión contagia.

El sentido del humor y el amor por la libertad empezaban a extinguirse. Todo transcurría en secreto, con armas, con explosivos, con una pasión por la aventura que clausuró todas las opiniones dubitativas. La idea no era pensar, sino obedecer, combatir, matar, morir. Y todos aquellos jóvenes se volcaban a la acción del brazo de su «compañera», muchos con hijos chicos. Por eso, a partir de 1976, cualquier parejita joven, con niños, a bordo de un Citroën, era altamente sospechosa.

De tanto «militar», llegaron los militares.

De más está decir que Silvio Frondizi, el digno profesor, fue asesinado. Alguien muy enterado, al ver mi congoja por la muerte de aquel hombre, me dijo al oído que, en las organizaciones terroristas, ostentaba el grado de «coronel». Nunca lo creí. Silvio no era así.

En fin, todo este capítulo lo vi desde muy lejos: tenía una casa en Sitges, sobre el Mediterráneo, y una familia con dos hijos. Me importaba traducir un mínimo mensual de quinientas cuartillas, del inglés o francés al castellano, a razón de 100 pesetas la cuartilla, para pagar la olla de judías y la damajuana de vino tempranillo, que era -en aquel entonces y en aquel bendito país- más barato que el agua.

Así fue como pasó el 60 y llegó el 70.

Por esas cosas del destino, mi carrera en «La Militancia» empezó a los 14 años y terminó a los 17, antes de que estallara la violencia. Supongo que, de no pegar este viraje, yo habría terminado donde tantos otros, que no se sabe dónde terminaron.

Quiero dedicar este artículo a todos mis condiscípulos del Buenos Aires: Mario Mactas, Juan Manuel y Fernando Abal Medina, Pablo Gerchunoff, Néstor Luis Lynch, Carlos Mario «Tacho» Adano, Charly Frondizi, Mariano Garreta, Carlos Chaneton, Carlos Fernández Ortiz de Rosas, Luis Stuhlman, Luis Aznar, Guillermo Ondarts, Adolfo Cambiaso, el Gordo Richaud, el Flaco Alba, Alberto Diez, Carlitos Stefani, Alejandro Biderman, Jorge Laverne, Rubén Caletti, Pascual Albanese, Carlos Tarsitano, Jorge Lewinger, Hugo Ferdman, José Eliaschev, Raúl Scari, Luis María Bandieri, las hermanas Eva y Marcela Zylverberg, Irene Israelit, Gustavo Ruprecht , Graciela Schwartz, Hugo Esteva, Felipe Solá, y muchos otros que en este momento no recuerdo. Todos nosotros vimos de cerca cómo aquella cosa nacía y se desarrollaba, hasta convertirse en un matadero inexplicable.

Tal vez este relato sirva para significar lo que la Militancia es, y lo que no es.

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