Reencuentros históricos entre cultura y política, conexión Madrid

Llegué a Madrid en octubre, en una semana lluviosa de punta a punta. Fui a entrevistar a un escritor, luego a otro. No había pasado un mes del 25 S, la gran manifestación que desde Plaza Neptuno se dispuso a rodear el Congreso y que terminó como sabemos, con más de 30 heridos y 60 detenidos. Ese hecho marcó un cambio, una pequeña escisión en el 15 M, núcleo de los movimientos sociales españoles, que venía cayendo en convocatoria. Pero además de parir un nuevo movimiento, la Coordinadora 25 S, reflotó en parte la actividad incesante de los indignados, para honrar uno de sus famosos slogans: “Dormíamos, despertamos”. Es cierto, la crisis sigue haciendo estragos, y los movimientos siguen siendo ninguneados.

 

Era viernes y leí en Facebook que la Coordinadora 25 S se reunía los sábados en el Prado, en el traslucido Palacio de Cristal. Y aunque ese día llovía, caminé entre lagos y turistas hasta divisar una pequeña Asamblea. No eran más de cien. Pertenecían a varias generaciones. Hablaban, megáfono en mano, y preparaban las demasiadas acciones en las que coincidirían en los próximos días. Ellos mismos me contaron que por la tarde vuelverían a reunirse, pero ahora en Sol, el corazón geográfico del movimiento. Pensé que las insurgencias pueden parecer poderosísimas en la red, hacer arder Facebook o Twitter con sus convocatorias, denuncias y debates, pero que ese ardor no siempre se refleja en la calle. Le trasladé mi inquietud a un tal Alejandro, que aclaró su mirada: “Ojo, todos seguimos allí, alertas frente a la necesidad de volver masivamente a la calle”. La red se activa por factores externos. Escucharía algo parecido de boca de María, una activista semi retirada que, sin embargo, sigue conectada. “A veces nos concentramos, pero luego volvemos a ser gotas”, avanzó y definió su posición como una “acción líquida”. No conocía a Bauman.

 

A la tarde, en la Puerta del Sol, se repitió la imagen. La multitud que había poblado esa plaza, que había acampado allí días y días, configura ahora encuentros más discretos. Entre los desahuciados por las hipotecas, los desempleados y otros activistas, esta vez sobresalía un orador foráneo. Un autodenominado filósofo, de origen texano que lucía una remera con la inscripción Dallas, jogging y zapatillas. Arengaba a sus escuchas: “El cambio debe empezar en España, por tradición, por historia ustedes son el pueblo que debe ir a la vanguardia”. Después coqueteó con un tono místico, y los asambleístas más jóvenes comenzaron a alejarse. Hasta alguno gritó “que se vaya el hippie”. Allí fue que conocí a María, su traductora, quien había integrado la curiosa Comisión de amor y espiritualidad en los días de la acampada.  Pero el filósofo, cultor del budismo zen, disparó otro tema de diálogo, el del vínculo de la España de hoy con aquella de los años 30, que iba a ser la tumba del fascismo mundial, la del franquismo luego, que no pudo replicar los aires de revolución del mayo francés o las patriadas latinoamericanas. Por todas esas ruinas transitan los movimientos sociales.

 

El filósofo tejano partió, pero su equipo se fue a tomar un Rioja en un bar aledaño.  Entre copas, María dice que un buen punto de partida sería aceptar que “el capitalismo está tan dentro de nosotras que nos asusta verlo”. Ella, que como muchos aprendió a usar el femenino nosotras para hablar de las personas, cualquiera sea su género, estuvo en la gran acampada del 15 M allí mismo, en Sol. Participó de cientos de marchas pero siente, al igual que muchos, que desde hace un tiempo se han estancado. “Necesitamos refuerzos…tenemos que reconocer que todas estamos con la mierda hasta el cuello y que la vida que se avecina sólo será peor si no hacemos nada”, dice. Otra vez, su frase me suena parecida a la de José. “Nos habían acostumbrado a creer más en el fin del mundo que en el del capitalismo”, me había dicho por la mañana. La frase me sonaba, pensé que debía googlearla pero no lo hice. En cierto modo, es otra versión del “Dormíamos…”.

 

Pero el tema era ahora la historia. Las ruinas, o los cimientos de los movimientos sociales, más allá de la infinidad de construcciones que han levantado en Internet. De las tres personas a quienes les pregunté por las raíces de los nuevos movimientos sociales, todas ubicaron el inicio en hechos del siglo XXI. Alberto, un cincuentón del riñón crítico del PSOE, me habló de la tragedia del Prestige, el derrame de petróleo en las costas gallegas en 2002, que movilizó a miles de ambientalistas organizados en Internet. José, en cambio, pone como piedra fundacional la reacción frente a los atentados de Atocha, el 23 de marzo de 2004. El entonces presidente José María Aznar culpó a ETA de un atentado que produjo Al Qaeda, venganza contra el accionar de las tropas españolas en Irak. “La indignación frente a la mentira torció la elección, más de un millón de jóvenes, alertados vía Sms votaron por el PSOE, o contra el PP”, recuerda José. Y dice que allí tomaron conciencia de que podían cambiar el rumbo.

 

Quizá haya sido ese el origen del despertar. Pero también es una manera de negar el pasado, la historia que todavía late allí cerca, o el tiempo que estuvieron dormidos. La corrosión y corrupción de millones de mentes arrastradas por los espejismos del primer mundo hasta llegar a esta crisis. ¿Pueden convertirse incluso estos fracasos en fuente de esperanza? ¿La revolución es un sueño eterno? Y si es así, ¿qué clase de revolución estamos en condiciones de soñar, de debatir? Acá, en Madrid, y quizá en cualquier lugar del mundo, estas preguntas suenan excesivas. Alcanza con otras más tímidas. Eso pienso y digo antes de clavarme otra copa de Rioja.

 

“Vamos despacio porque vamos lejos”. Otro slogan célebre que se repite en pintadas y banderas que cuelgan de todos lados. Es el 23 O, habrá otro rodeo al Congreso, pero antes me voy al Reina Sofía, a ver Encuentro con los años 30, por recomendación de un escritor que volvía de allí desilusionado. “Compará aquello con lo de ahora”, me instigó, en otra de las charlas sobre la historia. Absurdo. Era una muestra sobre el vínculo entre arte y poder. La producción artística española, marcada por el clima de la Guerra Civil y la gran crisis capitalista del 29, fue también un momento de innovación tecnológica pero aquellos eran tiempos de identidades fuertes. La fotografía, el cine, el cartel publicitario, el auge del diseño gráfico, encontraba un cruce entre artistas y política que daba frutos magistrales. El surrealismo de Breton, el fotoperiodismo y los documentales de Cartier- Bresson. Miró y Picasso, que exponían en París pensando en su España. O las narrativas propagandísticas que empezaron a hacerse fuertes. Ahora es otra cosa. Con todas las herramientas de difusión y creación al alcance, tecnología mata arte.

Es fácil decir eso mirando al Guernica en la pared, o la cartelería soviética, las filmaciones del impactante sepelio de Durruti, el lider anarquista abatido en Madrid, tiempos en que su partido tenía 2 millones de afiliados. Quizá me equivoque, pero hoy los anarquistas de la plaza Sol, moderados por una comisión de Respeto, con sus carpas iglú… Son otros tiempos. El mercado hizo estragos.¿Se puede volver a los años 30 buscando explicaciones? ¿Buscar en el arte un legitimador de experiencias políticas? Decenas de artistas extranjeros, o españoles desde el exilio sintieron esa necesidad. Otros no, y lo reflejaron en la Abstracción por ejemplo, un movimiento que buscó despegarse del mandato político, para defender la independencia del arte frente al compromiso. Decían que guardaban el arte para las próximas generaciones. No imaginaban que en el mundo capitalista sería muy difícil resguardar cualquier cosa, el arte, o los vientos de resistencia. Allí todo es desechable.

 

Por la noche, durante el abrazo al Congreso si que hay jóvenes y estudiantes poblando la calle. Un fotógrafo argentino con quien me cruzo por casualidad habla con unos chicos y los hace posar de espaldas a un hotel. No es el Sheraton, pero el fotógrafo les cuenta por qué tomó esa imagen. “En los 70, en la Argentina, había varias agrupaciones políticas que soñaban y cantaban ‘que lindo que va a ser, el hospital de niños en el Sheraton hotel’”, les dice. Entonces un señor mayor le sale al cruce. Y le cuenta que durante la Guerra Civil, efectivamente, a ese hotel lo usaron como hospital. La historia es circular. Lo demuestran algunos cánticos y pancartas. El viejo “No pasarán” junto al “No nos representan”; “Los borbones a los tiburones” seguido de un “PSOE-PP, la misma mierda é”. O las broncas contra los sindicatos, los grandes ausentes. ¿Cómo no vamos a esperar, a desear que haya una transferencia de experiencias, de conocimientos para no repetir, vio?

A propósito de los sindicatos. Están muertos. Pero crecen las mareas. En estos días tienen que haber visto la multitudinaria marea blanca en defensa de la salud pública; la marea verde, contra los recortes en la educación; la marea violeta, por la igualdad de género (estos grupos llegaron a plantear un slogan curioso: la revolución será feminista o no será). También está la marea azul, contra la privatización del agua; la roja, en apoyo a los que están en el paro, las zorras mutantes, y un sinfín de asambleas barriales que se mantienen más o menos activas según el contexto. Todos hacen gala de un gran desarrollo de sus destrezas comunicacionales. Se necesitan meses para navegar la cantidad de sitios, redes, videos que han creado en estos años. Dicen que entre ellos se han roto las fronteras, pero quizá sea esa una fantasía más de la histórica búsqueda de la cohesión social. Ojalá que no. Por eso apago la notebook y vuelvo a la calle. A caminar. Rumbo a Latinoamérica ahora.

Es que el fotógrafo argentino me habló de otra muestra en el Reina Sofía. Exponían una foto suya y no se la iba a perder. Después del encuentro con los años 30, venía este, con los ochentas, alambrados por las dictaduras en América latina. Perder la forma humana, una imagen sísmica de los años 80 en América latina se llama la exposición, que todavía puede visitarse en Madrid y que en abril llegará a Buenos Aires. Allí conviven disciplinas varias. Los valientes fotoperiodistas, los artistas que usaban el cuerpo para llegar a la gente, músicos, activistas más tradicionales, Teatro Abierto, el Arte por no, de Brasil. Son todas muestra de como el arte, en tiempos de clausura para toda expectativa revolucionaria, incluso democrática generan gramáticas de acción política contra viento y marea. Contra los palos, la cárcel, la muerte. No entendí por qué Ana Longoni, una de las investigadoras que integra el colectivo al frente de la muestra, hablaba de los 80. El contexto histórico de la exposición arranca con el golpe de Pinochet en Chile, en 1973, y llega hasta 1994, con el origen del zapatismo. La contracultura en contextos dictatoriales, o democracias muy débiles. Esas estrategias creativas pueden vincularse perfectamente con las que vemos hoy en España. Aunque claro, eran tiempos pre digitales aquéllos. Estos son mundos en red.

Pero al igual que ahora, había una gran mezcla. Desde Pedro Lemebel a Madres de plaza de Mayo; de Teatro abierto a Arte por no, en Brasil. Perlongher, Ney Matogrosso, Mujeres por la vida, Las yeguas del apocalipsis, León Ferrari, El periférico de objetos, y más. “Hay una gran conexión. Hay consignas que son muy fuertes entre los republicanos en los 30, que luego se retoman en los 70 80 en América latina y que hoy vuelven a ser muy fuertes aquí, en esta España en crisis. El no pasarán, el no más. Hay muchas reactivaciones”, me dice Longoni. Los 30, los 80, y allí afuera, tras las paredes del museo, el siglo XXI. En esas imágenes del siglo XX, tan cercano y lejano, asoma la unión de la clase obrera y el estudiantado, el gran poder de los partidos políticos de izquierda, la osadía de ciertos movimientos revolucionarios. Hay una idea, simplista cuando no falsa en mi opinión, que vincula herramientas horizontales como Twitter y Facebook con prácticas políticas más nobles, asociadas a una contracultura capaz de producir el sueño libertario, revolucionario. La contracultura, la contrainformación eran parte de aquéllos movimientos, sólo que ahora son la parte principal.

Es un dato verificable. Ambas muestras proponen una reflexión sobre el uso que los artistas hicieron de los medios de comunicación de masas y explora las tensiones y relaciones que mantuvieron con los contextos -políticos, culturales, institucionales- en los que trabajaron. Allí está León Ferrari, que recortaba de los diarios artículos que daban cuenta de la desaparición de personas, la aparición de cadáveres, los habeas corpus, los cuerpos que aparecían flotando en el río, y se los iba mandando por correo a Brasil. A su futuro exilio. Allá, tras la desaparición de su hijo, armó un collage con toda esa información maldita, escondida. Ese papel amarillento impacta más que cualquier video en youtube incluso detrás de la vitrina en el Reina Sofía. ¿Se puede tener nostalgia de algo así?, me preguntó. No es nostalgia. Pero acá en Madrid o en Buenos Aires, hay imágenes que hacen temblar. Será por la lluvia que les moja los rostros, por el blanco y negro, por esa plaza tan cercana de la foto de Daniel García que domina la muestra. Si la mirás un rato largo, sentís que te mojás con ellas, que alguna vez estuviste allí, pero que fue hace mucho tiempo. No ahora. “Ay de todas las cosas, que hinchan este segundo”, canta Silvio Rodríguez. Y todas estas son imágenes de un microclima interno y distinto para cada uno de nosotros, ¿no?

Sigo caminando junta al fotógrafo argentino, que a esta altura ya puedo ponerle nombre, el Turco Amdan. Tiene que contar una y mil veces su foto de Alejandro Mosquera, tomada el día en el que lo desaparecían. “La foto salió en tapa del diario Popular porque nos pegaron a los fotógrafos, no porque se llevaran a Mosquera”, avisa. Y tiene que explicar otras tantas imágenes, de sus valiosos colegas. Como la del camarazo contra la dictadura, las burlas contra Galtieri, etc, etc. (si llego a editarlo, hay un videito que acompaña esta nota, que recorre, sin rumbo, la muestra latinoamericana) Pensé entonces que la calle, los museos, incluso internet tienen el poder de superponer las luchas y apatías generacionales. Sus sueños, sus miserias, sus triunfos y fracasos. América latina, antes que Europa, buscó refundar lo colectivo. Incluso en la derrota, como se ve aquí. Es que si los 60 y los 70 fueron expectativa, esperanza, lo que vino después fue sobreponerse a la derrota. España, que se creyó el cuento del primer mundo para todos y todas, también vive esa derrota.

Dormíamos, despertamos. Pero el asunto es para qué. Si no somos parte de un cambio radical, ¿habremos fracasado? Es lindo ver una marcha de educadores que lleva como escudo un libro y un lápiz de lanza. Son impactantes, risueñas, reivindicativas esas intervenciones flamencas del grupo Flo 6×8 en los bancos (¿no las vieron?) Representan en verdad acciones creativas, la irrupción de la alegría como modo de hacer política. Pero con todo los gobiernos de endurecen, ningunean la protesta, y siguen ciegos sin dar respuestas. ¿Cuánto puede durar el espíritu catártico? ¿Cómo asimilarán la tensión entre resignación y radicalización? ¿Qué sentido actual se le puede dar a esos fragmentos del pasado, para reencausar la historia? Esas dos muestras, la de los años 30 y la latinoamericana, junto otro centenar de ejemplos, podrían funcionar como santuario para los nuevos movimientos sociales. (Advertencia tardía: quizá sea esta una nota irresponsable). “Somos el resultado de una historia. Pero hace falta desafiar ese resultado. El trabajo es la autotransformación del nosotras” me dijo José. Me gustó como sonaba su idea, pero pensé que ya la había escuchado. ¿Y qué?

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