QUÉ ES EL LUNFARDO

No se considera al lunfardo un idioma, un dialecto ni una jerga: entre otras cosas, porque carece de sintaxis y gramática propias. Quien emplea palabras lunfardas, piensa en español, usando las estructuras y la gramática castellanas, y luego reemplaza una o más de esas palabras por sus sinónimos lunfardos. Así, el significado último del discurso no cambia, pero toma un matiz diferente.

Una definición de lunfardo (Gobelo): “Vocabulario compuesto por voces de diverso origen que el hablante de Buenos Aires emplea en oposición al habla general”. Otro aspecto importante es que el uso de esas palabras es absolutamente consciente: uno sabe que existe la palabra mujer, pero a veces decide emplear mina; uno conoce la palabra dinero, pero en ocasiones elige guita. Esta podría ser una distinción entre lunfardismo y argentinismo: a veces, sin saberlo, usamos palabras con un sentido que no es el que aparece en el diccionario. Cuando usamos recova, no lo hacemos con la intención de darle a nuestro discurso un toque divertido, porteño, interesante, juguetón, o que nos haga aparecer como conocedores: simplemente, no conocemos la palabra soportal.

El lunfardo y el tango nacieron en la misma época y en el mismo lugar.

En las últimas décadas del siglo XIX y en las primeras del siglo XX (aproximadamente entre 1875 y 1914), una gran inmigración europea llegó a la Argentina, y buena parte de ella se asentó en la creciente ciudad de Buenos Aires, especialmente en sus arrabales o en conventillos, donde tenían como vecinos a integrantes de las clases bajas locales.

Y a la hora de divertirse, los jóvenes extranjeros coincidían con los jóvenes criollos, los compadritos, en los prostíbulos. Allí, el inmigrante iba como cliente, y el compadrito, como cliente o como fiolo (proxeneta) de una o más mujeres. Con el paso de los años, también los extranjeros incursionaron en el negocio de la prostitución, especialmente franceses y polacos de origen israelita.

Algunos periodistas, como Benigno Lugones y Juan Piaggio, tomaron nota del avance de estas palabras en el habla porteña y lo reflejaron en sus artículos; pero repararon fundamentalmente en las palabras usadas por los delincuentes, aunque este último acuñó la expresión “argentinismos del pueblo bajo”. El mismo enfoque tuvieron investigadores como Luis Drago o Antonio Dellepiane, que publicaron sendos libros tratando el tema desde ese punto de vista. De hecho, la asociación entre este vocabulario y el delito se da a partir del nombre que se le dio a aquel: lunfardo es la palabra que usaban los ladrones para nombrarse a sí mismos. Ciertas palabras, en efecto, pertenecían a la jerga de los delincuentes, pero muchas otras correspondían al ámbito de la vida cotidiana.

Con algunas de esas palabras aportadas por los inmigrantes y con otras que circulaban en la ciudad provenientes del gauchesco se formó el lunfardo.

Además de esas dos ramas principales, integran el vocabulario lunfardo palabras inventadas (algunas, a través del intercambio de la posición de las sílabas, procedimiento conocido como vesre –ortiba, feca–, y otras de origen incierto, como mandanga o trolo) y palabras castellanas resignificadas (marrón ‘ano’, moco ‘error importante’). Este tipo de palabras ha crecido en porcentaje dentro del conjunto de palabras lunfardas a medida que ha transcurrido el tiempo.

Si afirmamos que el lunfardo es sólo un vocabulario, un conjunto de sinónimos que cada hablante usa para dar un matiz a su discurso, esto se debe en enorme medida a la escuela pública.

Con los años, el lunfardo fue extendiéndose por todas las clases sociales, a partir de la difusión que le dieron las letras de tango, el teatro (fundamentalmente, los sainetes) y cierto periodismo popular, y debido, asimismo, a la movilidad social, que llevó a muchas personas que en esa época vivían en la pobreza a los estratos medios y altos de la sociedad.

En la década del 30, el tango, a través de la radio, llevó masivamente estas palabras a hogares donde con toda probabilidad se las conociera; pero, sobre todo, ayudó a darles cierta legitimación, ya que a menudo se las consideraba como algo a superar, algo que deturpaba el lenguaje, algo propio de las clases bajas.

Ya a mediados de la década del 20, comenzaron a surgir autores de letras de tango que prescindían de las palabras lunfardas, como Homero Manzi, que apenas las usa. Para ese tiempo, también, cambia, aunque sea parcialmente, la temática de los tangos, y estos comienzan a abandonar lentamente las historias del bajo fondo (más propicias, a priori, para las palabras lunfardas) y se interesan por la nostalgia, como Manzi, o la moral, como Discépolo.

A comienzos de la década del 40, la presión de los grupos puristas se hizo sentir, y el lunfardo fue prohibido en la radio. No hubo una ley ni un decreto que lo censurara. Probablemente, se haya tratado de una orden interna, verbal o escrita, del organismo que regulaba las comunicaciones, o de una reinterpretación del marco legal vigente. Los autores debieron cambiar las letras de sus tangos que contenían palabras lunfardas, o resignarse a que no se los difundiera. Obviamente, los tangos compuestos en aquellos años carecían de lunfardismos. El gobierno de Perón, también de un modo impreciso, puesto que no hay documentos de ello, levantó la prohibición a finales de la década del 40.

A partir de mediados de la década del 50, el tango comienza a decaer, y junto con él todo lo referido a la cultura popular. Hay quienes resaltan la coincidencia temporal entre esta decadencia de lo popular y el derrocamiento del gobierno de Perón. Como fuere, los productos culturales difundidos por la radio y la novedosa televisión cambiaron; al mismo tiempo, fueron quedando atrás los lugares y las costumbres de los que hablaban los tangos.

Pero, a finales de los años 60, surge el llamado rock nacional, originariamente llevado adelante por grupos de jóvenes que no participaban de la masificación propuesta, y nuevas palabras comienzan a surgir. La cultura rock es el soporte en el que circulan palabras como pálida o copar. Si esas palabras pueden ser consideradas lunfardas es asunto de discusión. Personalmente, creo que un hecho que se produjo recién en la segunda mitad de la década del 80 permite juzgarlas como tales. Hablo de la masificación del rock –que fue lenta pero incesante en los 70, y exponencial a partir de la guerra por las Malvinas– y de su llegada a las clases bajas de Buenos Aires, junto con una revalorización de lo popular, en la que mucho tuvieron que ver Sumo, los Redonditos de Ricota y los grupos punks de la época.

La recuperación de la calle, de la vivencia cotidiana, la reivindicación de la estética de la ginebra de Sumo, la urgencia y lo explícito de las letras punks y el público que comenzó a seguir masivamente a los Redondos contrastaban radicalmente con las alucinaciones solipsistas de Spinetta o la vocación de estrella del subdesarrollo de Charly García.

A partir de esa época, las palabras que podríamos llamar “de los jóvenes” o “del rock” comenzaron a circular en boca de estos jóvenes junto con palabras del lunfardo que podríamos llamar “tradicional” o “del tango”, nombrando una misma realidad sin que se noten los cien años que las separan. Así, nos encontramos con la convivencia de yuta y fumanchero, de faso (aunque resignificada; ya no ‘cigarrillo’, sino generalmente ‘cigarrillo de marihuana’) y pete.

Esa línea se profundizó en los años 90, con grupos entre los cuales se destacan por su masividad La Renga, Los Piojos, Divididos y hasta Los Caballeros de la Quema, cuyo cantante y letrista, Iván Noble, es seguramente quien ha utilizado más lunfardismos en sus canciones. Por otra parte, en los últimos años de esa década, algunos grupos de la llamada “música tropical” comenzaron a desarrollar en sus letras una temática completamente distinta de la habitual: Guachín, Yerba Brava y Flor de Piedra abrieron el camino de lo que popularmente se conoce como “cumbia villera”. Estas canciones no siempre son un mero estribillo, generalmente con doble sentido, y, con suerte, algunos versos más o menos referidos a aquel. Por el contrario, nos encontramos con canciones que describen (con todas las salvedades que pueden hacerse) ambientes de la clase baja, muchas veces marginales, con crudeza y de un modo explícito.

Como en todo idioma, dialecto, vocabulario, etc., con el paso de los años, algunas palabras han desaparecido (afnaf ), otras han permanecido (cana), algunas han surgido (masa), otras se han resignificado (grela) y hasta hay algunas (pibe) que han sido admitidas en el Diccionario de la Real Academia Española.

No obstante, la desaparición del uso cotidiano de palabras como amurar, embrocar o fesa en absoluto permite inferir una merma en el uso del vocabulario lunfardo. Si tomamos, por ejemplo, la última edición del Diccionario de la Real Academia Española, editada en 2001, y comparamos las palabras que registra con las que trae una edición de la primera mitad del siglo XX, veremos que la diferencia es notable. Pues bien, en los dialectos, argots, vocabularios marginales (o marginados), etc., debido a su intrínseco dinamismo, mucho mayor que el de los idiomas, esas variaciones son enormemente más frecuentes.
Resumido de un artículo publicado por Nora López en http://ar.geocities.com/lunfa2000/

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