LA VIDA DE LAS ABEJAS

La vida de las abejas ha sido motivo de interés e investigación constante y aún no se han conseguido entender completamente los factores que deciden su comportamiento.

La producción de abejas se lleva practicando desde hace unos 4.000 años. El azúcar era conocido en China desde hacía mucho tiempo y llegó a Europa por primera vez alrededor del 990, pero su utilización no fue general hasta 1700. Antes de ello, la miel era la única sustancia dulce que se conocía, es decir, que la demanda era incluso mayor que hoy.

Las más importantes especies de abejas son las occidentales y las orientales. Estas últimas tienen algunos comportamientos primitivos que las occidentales ya han perdido. Por ejemplo, una colonia entera puede abandonar la colmena si son molestadas y emigrar, instalando su nueva casa en cualquier otra parte. En un clima caluroso, el riesgo de que de repente se produzcan tales emigraciones es pequeño, pero para la abeja occidental, que en su gran mayoría vive en climas mas fríos, un comportamiento de este tipo podría llevar a toda una colonia a la muerte. Ambas especies construyen sus casas debajo de un techo protector, en los agujeros de los árboles, en los espacios cóncavos de las montañas, en huecos de los muros o en colmenas. Las abejas que no pueden ser domesticadas son diferentes y construyen sus panales al aire libre, colgados de las ramas de los árboles o en matorrales.

La abeja de miel occidental es la más extendida de todas. Llegaron a América a mediados de 1600. Hoy existen muchas diferentes razas de abejas de miel que se diferencian unas de otras por su color, medida y lengua y de alguna forma también por su temperamento -algunas son más fáciles de tratar que otras-. Se han realizado cruzamientos para obtener la mejor combinación de las características de diferentes razas.

La sociedad de las abejas está compuesta de tres clases de individuos diferentes. La casta más numerosa es la de las obreras: una sociedad totalmente construida durante el verano puede constar de 60.000 obreras. Todas son hembras no desarrolladas sexualmente. Las obreras construyen los panales, alimentan a las larvas, cuidan a la reina y se ocupan del suministro alimenticio de toda la colonia. Los zánganos, de los cuales existen algunos cientos el primer verano, son abejas que no trabajan, pero sólo con su presencia ayudan a mantener la temperatura necesaria dentro de la colmena. Algunos machos pueden ser parejas de reinas jóvenes, tanto del mismo panal como de otro cercano. La única hembra fértil en la colmena es la reina. Ella es la que pone los huevos y es generalmente la madre de toda la colonia. Lo normal es que solamente exista una reina en cada sociedad, pero de vez en cuando nacen nuevas reinas, ya sea para suceder a la anterior por motivos de edad o por enfermedad, o incluso con relación a la emigración, cuando grupos de abejas dejan la colmena de los padres para fundar nuevas colonias.

Parece ser que la reina, a través de una sustancia que expele, transmite órdenes a sus trabajadoras, y de esta forma dirige el trabajo en la sociedad en un sentido positivo. Dado que continuamente está rodeada de un grupo de obreras que la cuidan, entra en íntimo contacto con gran parte de sus obreras durante el día. Ese grupo está formado por abejas jóvenes que no han alcanzado la edad de abandonar la colmena y buscar comida. Las abejas de campo, suministradoras de alimento, bien establecidas afuera, y sobre todo las que son mayores, no obtienen la atención de la reina de la misma forma ni están sujetas a la misma atracción.

Butler llamó a esta sustancia química “sustancia de la reina” y mostró cómo las abejas obtienen esa sustancia directamente del cuerpo de la reina, quien a su vez la envía a otras abejas regurgitando el alimento. Si este reparto no llegase para toda la sociedad, cosa que puede suceder, en caso de poca producción por envejecimiento de la reina, se produce entonces un estado de “vacío de poder”, lo que lleva a las obreras inmediatamente a buscar una nueva reina.

Lo que sí está demostrado es que la reina indirectamente dirige una gran parte del comportamiento de las obreras. Ya en 1705 escribía John Trholey en An Enquiry into the Nature: Están muy apegadas a su reina, cuya presencia es totalmente necesaria para la unión, éxito y seguridad.

Las reinas jóvenes que no han alcanzado la pubertad parece que no despiden esta secreción en la misma cantidad que las reinas mayores, y cuando éstas son fecundadas y comienzan a poner huevos alcanzan su total poder en la colmena.

Esta sustancia es expelida por unas glándulas situadas en la cabeza de la reina, que ella misma esparce por todo su cuerpo cuando se lava. Esta secreción, que se puede extraer del etanol y otros materiales líquidos orgánicos, contiene varias y diversas materias, entre otras un líquido graso. Se llama feromona u hormona social, también presente en las hormigas. Tal sustancia controla la actividad social dentro de un grupo de individuos. La influencia directa de esta sustancia en una obrera consiste en impedir el desarrollo de sus ovarios, y en alentar el impulso de construir nuevas celdillas para reinas y dar nacimiento a las mismas. Si no retienen la sustancia de la reina, toman enseguida medidas para preparar el nacimiento de una nueva y sus ovarios comienzan a desarrollarse y aumentar. Si el estado de orfandad es superior, a los pocos días muchas de ellas comienzan a posarse y producir huevos, dando nacimiento normalmente a abejas machos.

A los 21 días dejan las celdillas. Una vez fuera de ellas se limpian y comienzan a pedir comida a otras abejas con la lengua. Después de tres días comienzan las obreras a ayudarse entre sí para recoger comida de las despensas que además de miel también contienen polen. A esta edad comienzan también sus trabajos en la colmena. Lo primero que hacen es limpiar las celdillas que acaban de dejar. Posteriormente desarrollan las glándulas labiales, que despiden una sustancia parecida a la leche, rica en proteínas, alimentando con ello a las larvas durante los primeros tres días de vida.

Las reinas que han nacido continúan siendo alimentadas casi exclusivamente con el producto de las glándulas durante el periodo de larva. Las abejas guardianas, mientras sus glándulas están en total actividad, se dedican a cuidar de las larvas más pequeñas. Después, cuando las glándulas son menos activas, se dedican a labores comunes, el cuidado de la reina y la custodia de la entrada de la colmena.

Cuando las obreras tienen cerca de tres semanas comienza el entrenamiento de los primeros vuelos fuera de la colmena para ir reconociendo los alrededores. A los pocos días se unen con las del campo y comienzan a llevar néctar, polen y a veces también agua a la colmena. Si fuera necesario seguirán atendiendo las labores del hogar, pero poco a poco irán dedicándose más al campo y continuarán así hasta su muerte.

Durante los meses de verano, cuando la obrera es muy activa, tanto dentro como fuera de la colmena, llega a vivir entre cuatro y cinco semanas. Una reina puede, por el contrario, vivir hasta dos o tres años e incluso más.

La forma con que los insectos se comunican entre sí, y sobre todo las abejas, ha sido siempre un gran misterio. Fue después de la Segunda Guerra Mundial cuando el famoso investigador alemán Karl von Frisch realizó un estudio especial sobre el lenguaje de estos animalitos.

Si una abeja encuentra una fuente de aprovisionamiento, señalará el hecho a sus compañeras volviendo a la colmena, y ellas irán en número creciente para tomar parte en la recolección. Muchos tipos de hormigas se comportan de modo semejante, mostrando a las demás el camino marcando su rastro con una esencia que exudan. En las abejas esto no es tan sencillo, ya que sus fuentes de alimento son plantas y flores que alcanzan volando a través del aire, donde difícilmente podrían dejar un rastro de olor seguro. Incluso así, el olfato juega una parte importante en su sistema de comunicación.

Se ha demostrado que cuando las abejas avisadas abandonan la colmena en enjambre, se guían sobre todo por el olor de la fuente de alimento que acaba de ser descubierta. La abeja que lo ha descubierto lleva su olor no solamente en los pelos de su cuerpo, sino también -y de modo más efectivo- en el alimento que ha recogido, en el contenido del saco de miel que regurgitará en la colmena para beneficio de la comunidad.

Tal forma de comunicación difícilmente bastaría si el sitio del alimento estuviera lejos de la colmena, aunque las abejas alertadas pueden llegar hasta él desde varias millas de distancia. De hecho, las abejas se informan unas a otras no solamente sobre qué deben buscar, sino también sobre dónde lo encontrarán. El modo en que lo comunican es uno de los más excitantes fenómenos biológicos descubiertos en mucho tiempo.

La abeja mensajera ejecuta un movimiento muy especial sobre el panal vertical, llamada “danza de la cola oscilante”, durante la que corre continuamente en semicírculos cerrados, primero en una dirección y después en la contraria; estos semicírculos están conectados por una línea recta que la abeja seguirá, siempre en la misma dirección. Mientras mueve la cola, la frecuencia de estas oscilaciones indica la distancia desde la colmena a la fuente de alimentación; va desde unas cuarenta carreras por minuto, cuando la distancia es de unos cien metros, a cerca de diez carreras por minuto cuando es de unos tres kilómetros.

Pero la dirección en la que está la fuente de alimentación es también comunicada por medio de los movimientos de la cola. La clave del código es ésta: si la danza sobre el panal apunta verticalmente hacia arriba, entonces la fuente de alimento está en línea recta desde la colmena en la dirección del sol. Si la dirección de la danza es verticalmente hacia abajo, entonces la dirección de la fuente de alimento será la opuesta a la del sol. Si la dirección de la danza se desvía unos sesenta grados a la izquierda de la vertical, entonces las abejas solamente tienen que mantenerse sesenta grados a la izquierda del sol para volar exactamente hacia la fuente de alimentación, y así sucesivamente. Por tanto, la posición de la fuente de alimentación en relación con la posición del sol se traduce en el apropiado ángulo de la dirección de la danza con respecto a la vertical. Se ha averiguado que esta asociación entre dos distintos campos sensoriales en animales, que tan extraña nos resulta a nosotros, no es en absoluto exclusiva de las abejas. Se han encontrado rudimentos de la misma capacidad en hormigas, así como en una especie de escarabajo.

Indiscutiblemente, es apasionante acercarse al mundo de estos diminutos habitantes y contemplar características formadas y acabadas que nosotros, los humanos, nos esforzamos en aprender a través de innumerables peripecias vitales. Sí, estos pequeños seres nos ofrecen un gran número de ejemplos de comportamiento con muy buenos resultados que podrían ayudarnos a cuestionar nuestras actuales sociedades y nuestro comportamiento dentro de ellas.

Sentido de orfandad

Contrariamente a otros insectos sociales, como las avispas o las hormigas, cuyas reinas pueden vivir por cuenta propia y comenzar nuevas sociedades al inicio de una nueva estación, sin ayuda de ninguna parte, la abeja reina tiene tales características que su relación con el resto es totalmente simbiótica. Ella depende de su pueblo y su pueblo no puede vivir sin ella. Es ella la que mantiene unida toda la sociedad y si es trasladada de colmena, enseguida sienten las obreras su ausencia y después de pocas horas, o incluso menos, muestran señales de orfandad y comienzan a tomar medidas para dar nacimiento a otra reina que reemplace la pérdida.

Ciclos fértiles

Cada reina se aparea solamente cuando tiene de 7 a 14 días. Retiene el semen dentro del cuerpo y puede poner hasta 1.500 huevos por día. Ponen tanto huevos fecundados como no fecundados. De los primeros nacen las obreras y de los últimos los zánganos.

El nacimiento se produce 21 días después de la incubación. En ese tiempo vive como larva y ninfa. Si el nacimiento se produce en verano viven de cuatro a cinco semanas y si se produce en otoño pueden vivir seis meses o más.

Sentido del deber

A pesar de que el comportamiento de la obrera, en gran parte, es decidido por el desarrollo físico, no deja por ello de estar también capacitada para responsabilizarse de cada una de las tareas que fueran necesarias. A veces si no tienen mucho que hacer, buscan enseguida otra ocupación cambiando de actividad en pocos minutos. Si no hay suficiente trabajado para las guardianas, comienzan la recolección antes de lo normal. Las abejas parecen tener un sentido muy desarrollado del deber y sin necesidad de órdenes hacen lo que deben hacer.

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