El vuelo de las gaviotas

Supongo que sus cenizas aún siguen volando por los aires de Santa Teresita.

Ese día de verano era soleado. Sin embargo el sol no nos iluminaba de una forma común, sino que parecía una luz que mostraba el final de las cosas, como las luces de los teatros o de los cines cuando comienza el bello espectáculo y el salón se oscurece por completo. Debo admitir que éste empezaría por lo último, por la última escena que nunca me animé a contar. Y esta escena sería la primera de un nuevo ciclo.

Ahí va…

Los cuatro estábamos en la playa, arenosa por cierto, frente a la orilla ventosa y correntosa. El agua salada nos quemaba los deditos de los pies; yo los dejé de sentir por un momento. Mi madre y mis hermanos escondían el dolor que les causaba su muerte, una muerte repentina que no era de esperarse. Yo lo tenía asumido, pero no podía echarme a llorar; debía ser fuerte y camuflar mi corazón herido.

El tiempo parecía no existir, ninguno hablaba (cómo iban a hablar si estaban destrozados). En ese tiempo sin tiempo yo lo recordaba. Él me dio prácticamente todo, así con cosas muy simples, como pudo. Y aunque hubo días en que necesité de él, supe que ya era hora de volar sola.
Mi madre sostenía la cajita de madera que lo contenía. Su pelo lacio movido por el viento le impedía concentrarse para realizar la acción. Nosotros la abrazamos muy fuerte. Creo que fue la primera vez que la sentí tan cerca. Le dijimos que se calmara, que él nos cuidaría por siempre.

Las lágrimas de mis hermanos me contagiaron a mí. Cuatro llantos entre sollozos, más uno, el de él que sólo yo podía oír. Mi padre estaba con nosotros, pero no lo podíamos ver.

Ella abrió la tapa y él se voló.

Una bandada de gaviotas formaba una “v” corta, al mismo tiempo que danzaban por los cielos.

Recuerdo que mi padre una vez me dijo que desearía ser libre…

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