El desfibrilador automático implantable

La muerte súbita es un motivo importante de muerte en los países industrializados y su incidencia es cada vez más elevada debido a que su principal causa es la enfermedad coronaria, la cual va en aumento a consecuencia del incremento de los factores cardiovasculares, sobre todo la dieta rica en grasas, la obesidad y la diabetes. La mayoría de los casos de muerte súbita cardiaca son secundarios a una alteración de la electricidad normal de los ventrículos, lo que da lugar a una arritmia severa, la fibrilación ventricular, que hace que el corazón no se contraiga con normalidad y no sea capaz de enviar la sangre hacia las arterias, constituyendo así, en la práctica, una parada cardiaca.

Ya desde la primera mitad del siglo XX, se comprobó que aplicando una descarga eléctrica sobre el corazón, se podía revertir dicha arritmia y conseguir que el corazón volviera a latir normalmente. A este mecanismo se le denominó desfibrilación y, al aparato que emitía la descarga eléctrica, desfibrilador. Inicialmente eran dispositivos relativamente grandes, ya que los circuitos eléctricos de la época eran voluminosos. Sin embargo, con el paso del tiempo, se consiguió disminuir el tamaño de la circuitería y, con ello, finalmente se desarrollaron los desfibriladores automáticos implantables, los primeros de los cuales se implantaron en los años 70.

Los primeros desfibriladores automáticos implantables eran relativamente grandes y pesaban, aproximadamente, un cuarto de kilo. Además, la descarga eléctrica la liberaban sobre el corazón a través de unas pequeñas palas, lo que obligaba a someter al paciente a una intervención quirúrgica mayor, con apertura del tórax. Sin embargo, con la miniaturización de los sistemas, se consiguieron aparatos relativamente pequeños, como son los actuales, que se colocan bajo la piel del tórax y emiten su descarga mediante unos electrodos que llegan al corazón a través de las venas. El sistema del desfibrilador automático implantable está formado por el generador de la corriente, dentro del cual está la batería, los condensadores y el circuito electónico, y los cables que llegan hasta el corazón. Parte del circuito electrónico es un pequeño ordenador que detecta las señales del corazón y procesa la información para saber cuándo es necesario emitir una descarga eléctrica. En caso de que se detecte una fibrilación ventricular, el sistema electrónico envía la orden a los condensadores para que se carguen y, en cuestión de segundos, estos descargan la corriente eléctrica a través de los electrodos.

La introducción del desfibrilador automático implantable ha cambiado drásticamente el tratamiento de los pacientes que han tenido una muerte súbita y han sido recuperados, y de aquellos que están en riesgo de tenerla. Está indicado, principalmente, en personas que han sufrido una fibrilación ventricular y también en aquellos que han tenido una taquicadia ventricular que se considere de alto riesgo. Actualmente, existen dispositivos que no solo actúan como desfibriladores, sino que pueden llevar funciones de marcapasos y de prevención de taquicardias. Es decir, que en un paciente que necesite un marcapasos porque su corazón va lento, tenga taquicardias frecuentes y riesgo de fibrilación ventricular, con un único aparato se puede tratar todos estos problemas, pues el mismo dispositivo es capaz de emitir las pequeñas descargas habituales de un marcapasos, las rachas de descargas antitaquicardia y las más intensas descargas de desfibrilación.

Son ya muchos los estudios que han demostrado la utilidad del desfibrilador automático implantable en pacientes recuperados de una muerte súbita o que tienen alto riesgo de tenerla. Las personas que han superado una muerte súbita, tienen un riesgo muy elevado de volver a sufrirla en los años siguientes. Sin embargo, con el desfibrilador automático implantable, el riesgo de muerte llega a ser inferior al 10% a los 5 años. El aparato realmente no evita la fibrilación ventricular, sino que actúa aplicando una descarga sobre el corazón cuando la detecta, consiguiendo desfibrilar el corazón y reanimar al paciente. Por desgracia, no funciona en el 100% de los casos, principalmente debido a que algunos corazones están muy deteriorados y no responden a la descarga eléctrica. También es posible que el sistema no funcione adecuadamente y no sea capaz de detectar la arritmia, de aplicar una descarga suficiente o de conseguir que esta llegue al corazón convenientemente.

En sentido contrario, una de las principales complicaciones del desfibrilador es la aplicación de descargas inadecuadas, debido a que el dispositivo puede detectar de forma equivocada la presencia de una fibrilación ventricular, cuando se trata de otro tipo de arritmia o, incluso, de un simple aumento de la frecuencia cardiaca, aunque, con los dispositivos actuales, este fenómeno es menos frecuente dado el perfeccionamiento de los algoritmos de detección. Las descargas inadecuadas llegan a producirse en algo más del 10% de los pacientes y para ellos supone una sensación desagradable, pues sienten la descaga eléctrica por todo el cuerpo, por lo que el cardiólogo debe buscar la forma de reducirlas, bien modificando los parámetros de programación del desfibrilador (lo cual se puede hacer a través de programadores externos) o bien utilizando tratamientos que disminuyan las arritmias que hacen descargarse al desfibrilador.

En conclusión, el desfibrilador automático implantable es un método fiable y seguro para el tratamiento de las arritmias ventriculares malignas. Tiene el inconveniente de que el número de pacientes que podrían beneficiarse del mismo es relativamente bajo. Además, es un tratamiento caro, lo que dificulta su utilización más generalizada. Sin embargo, ha permitido mantener con vida a muchas personas que de otra forma habrían fallecido.

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