DIVINO MAESTRO: LA FIESTA DE LOS QUE NO PUSIERON EXCUSAS PARA HUIR

“Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros!». Al verlos, Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes». Y en el camino quedaron purificados.
Uno de ellos, al comprobar que estaba curado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano. Jesús le dijo entonces: «¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero?». Y agregó: «Levántate y vete, tu fe te ha salvado»”. Lucas 17. 11-19

Al celebrar con gran alegría este día de fiesta, Consudec, en el contexto de conmemoración de sus 85 años de vida y en el Bicentenario de la Patria, reitera su perseverante reconocer a hermanos educadores de toda la vida.

Y digo con gozo y emoción al ver que más de 80 galardonados han sido valorados por sus órdenes religiosas y diócesis queriendo recibir esta premiación de Consudec.

¿Qué celebramos en este día de fiesta al otorgar el Premio DIVINO MAESTRO?

Celebramos a hermanos nuestros que como Jesús en el Evangelio se dirigieron a Jerusalén entrando en poblados en dónde le salieron al encuentro un sinnúmero de leprosos a los que ellos, en su nombre, purificaron.

Jerusalén, lo sabemos bien, fue la capital de la entrega total de Jesucristo para salvarnos.

Jesús peregrinó hacia ella sabiendo que lo esperaba la Cruz y no arrugó, no se echó atrás, no puso excusas para huir, no dijo no se puede, no se quejó, talló la belleza de su rostro crucificado, que es el que redime, desde su eros y ágape por la voluntad del Padre y por el hombre; y en ese peregrinar fue entrando en poblados. Así ha sido y es la vida de estos hermanos. Se entregaron, no arrugaron, no pusieron excusas para rajar de la cruz, no especularon, no pusieron cara de que daban y en el fondo sacaban, no se instalaron, no huyeron. Dios no bendice los toques a retirada, Dios no bendice a los que se instalan, Dios no bendice a los especuladores que ponen excusas para justificar la huída del compromiso evangelizador, como hicieron los discípulos de Emaús. Podemos decir que si Jerusalén es la capital del compromiso Emaús es la capital del raje, de los que encuentran siempre un motivo para no jugarse. Las escuelas fueron la Jerusalén de estos hermanos galardonados, las aulas sus poblaciones y las heridas y vidas de los muchachos y chicas, los leprosos a los que cuidaron educativamente.

Y hoy Consudec quiere ser el leproso que vuelve agradecido en nombre de, quizás tantos, que no lo hicieron. Y es un agradecimiento interesado porque queremos aprender de su testimonio. Siempre la Iglesia peregrina sufrirá la tentación de huir de Jerusalén, la tentación de Emaús, la tentación de buscar excusas para no entregarse, la tentación de hacer la plancha, que para la escuela católica, auténtico sujeto eclesial, hoy, sobran: que no se puede porque no llega el aporte, que hay pocas vocaciones, que los tiempos han cambiado y ahora no se puede cultivar el voluntariado, que la escuela trae muchos problemas y hay que evitar fundar nuevas, el catálogo de las excusas para la escuela católica hoy, puede ser interminable.

Con el agradecimiento a ustedes hacemos visible que Dios bendice a los que arriesgan, a los que se juegan más allá de la prudencia humana y asumen la imprudencia evangélica que supone tirar las redes aunque hayamos pasado la noche entera sin pescar. Dios bendice a los creativos que van para adelante y no se quedan diagnosticando quejosamente fatalidades en las orillas.

La Patria y la Iglesia necesitan hoy muchos “ustedes”. Nos de la gracia de poder clonarlos espiritualmente parar escuchar en nuestros corazones educativos las mismas palabras que el Redentor del Hombre dijo al leproso agradecido: “Consudec, levántate, tu fe te ha salvado”, escuela católica argentina, levántate, tu fe te ha salvado.

No quiero concluir sin antes manifestar mi respeto, valoración y gratitud a todos aquellos que me han precedido en el servicio en la Presidencia de Consudec en estos últimos años y en ellos a todos los que han entregado sus vidas en este querido organismo educativo de la Iglesia en Argentina. Algunos de los cuales no he tenido el honor de conocer personalmente. Al P. Gutiérrez, al hermano Daniel Mújica, a vos querido hermano sacerdote Mario Iantorno (recuerdo el honor que fue para mí cura y profe, joven participante de los cursos de rectores que accedieras a sacarte una foto conmigo, foto que todavía conservo con cariño), a vos querido Obispo y amigo Hugo Salaberry, en gran parte es culpa tuya que esté purificando mis pecados en Consudec, a la hermana Gladys y a aquel gran Icono que no habiendo sido presidente emerge gigantesco en su figura señera, el querido hermano Septimio. No puedo dejar de mencionar agradecido, en el 25 aniversario del documento “Educación y proyecto de vida”, al Padre Cesáreo Campos, fiel discípulo de Don Bosco.

También, gratitud a todos aquellos presidentes de Consejos provinciales que en este período ya han cumplido la misión confiada por sus respectivas jurisdicciones. Ha sido un honor haber caminado juntos este tiempo de compartir.

Que María nos cuide con sus mercedes para poder servir con fidelidad a Jesucristo en su Iglesia para gloria de Dios y salvación de los hombres en esta compleja hora en la vida de la Patria.

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