ADD EN ADULTOS

ADD en adultos
¿Yo también?
Descubierto a mediados de la década de 1980 y potente desde la mitad de los 90, el ADD en adultos, pese a que no se sabe muy bien cuál es su origen, avanza en la consideración de los diagnosticantes. La sintomatología difusa que lo caracteriza nos lleva a hacernos la pregunta con la que comienza el artículo.

Entre el 5 y el 10% de los niños norteamericanos están diagnosticados con ADD, con o sin hiperactividad. Según los más fanáticos defensores de estos trastornos, hay una subdiagnosticación de ellos, contra lo que opinan sus detractores.
Gracias a las bondades de la globalización, hace ya algún tiempo que crece el número de chicos latinoamericanos que “se contagiaron” de los norteños, aunque las cifras son inciertas.
Esto no es algo nuevo. Hasta existe un capítulo antiguo de Los Simpson (se dio en los EE.UU. el 3/10/1999) en que Bart es medicado por ello. Lo que sí está haciendo furor entre los profesionales de la salud es el ADD de adultos, área hasta escaso tiempo atrás poco explotada.
El pseudo test que aparece en el recuadro que acompaña este artículo, según su autor, no es para que lo complete cualquiera que sospeche que algo pasa, sino que está destinado a ser utilizado por médicos y otros profesionales como una guía para detectar adultos con ADD.
Detalla tantas situaciones que es muy difícil no llegar a los 20 ítems que, según el Dr. Amen, se necesita que califiquen como frecuentes o muy frecuentes para que se nos sindique como portadores, sobre todo teniendo en cuenta que algunos son francamente contradictorios.

Características
Sin tanto detalle, hay otros trabajos que describen esta novedad cuyo primer descubrimiento data de principios de la década de 1980 y que gana entidad a mediados de los 90, aunque, aún los más cientificistas terminan por concretar una definición tautológica: ¿Qué es el trastorno por déficit de atención? Una deficiencia de un individuo dado en sus niveles de atención, e inmediatamente pasan a describir la sintomatología. También suele agregarse la impulsividad como una patología asociada. Este déficit puede venir acompañado, o no, de hiperactividad.
Según algunos estudiosos del tema, hay tres tipos de ADD en adultos:
1) Los que la tuvieron de niños o adolescentes y que parecían haberla superado, pero reaparece.
2) Aquellos que la padecieron, pero que no pudieron superarla totalmente y actualmente aparece como residual.
3) Quienes no fueron diagnosticados oportunamente y ahora recién se repara en su existencia.
En cuanto a su origen, no existe un acuerdo pleno. Para los neurocientistas resulta obvio que tiene su fundamento en un mal funcionamiento de la química cerebral. Otros postulan orígenes genéticos y hasta hereditarios. También se sindica como un problema psicológico. Y tampoco son raros los sincréticos, quienes aseguran que algunas o todas las causas mencionadas concurren para dar el cuadro. En todo caso, ninguna corriente teórica termina por brindar una prueba suficiente que logre consenso y todo se mueve en el terreno de conjeturas, pruebas y contrapruebas, con publicaciones que avalan una u otra línea de opinión. Pero también existe una resistencia a considerarlo como un mal en sí mismo. Para quienes lo resisten, se trata de síntomas de otra cosa (neurosis, psicosis u otro tipo de formación del inconsciente) y no de algo específico.
En cambio, los que creen en él sí parecen concordar en lo que hace a los síntomas, que son similares a los que manifiestan los niños, aunque en ocasiones aparecen atenuados; ello porque probablemente los adultos logren incorporar mecanismos que disimulen mejor su padecimiento. En este sentido, los principales son:
– Problemas de concentración: pueden tener dificultades en seguir una conversación, en terminar las tareas comenzadas. Es factible que se distraigan y que se olviden de las tareas. También es frecuente que su concentración sea excesiva en algunos casos puntuales.
– Problemas de organización: suele existir una desorganización en diversos ámbitos de la vida, sobre todo en la doméstica y en la laboral. También determinar los tiempos que insumirá terminar proyectos se hace dificultoso. Suelen perderse u olvidarse objetos. No se termina lo que se comienza.
– Inquietud: no puede relajarse. Desasosiego interior y ansiedad. En muchas ocasiones se toman decisiones impulsivamente.
– Falta de motivación: escasas ambiciones y proyectos; sin expectativas que los lleven a buscar mejoras; pocas cosas despiertan interés y frecuentemente se adoptan posturas escépticas aun ante hechos favorables. Se aburren con excesiva facilidad. Manifiestan insatisfacción.
– Bajo rendimiento, que se manifiesta sobre todo en el área laboral y en la del estudio. El potencial nunca termina de desarrollarse.
– Problemas de relación: tendencia al aislamiento; problemas para hacer y mantener amistades. Olvida citas y obligaciones. Es frecuente que no se respete el orden de una conversación ni pueda esperarse un turno. Se eluden las reuniones o, por el contrario, se manifiesta cierta promiscuidad.
– Actitudes hostiles hacia los demás: no se miden las palabras, lo que lleva a efectuar comentarios inapropiados y agresivos hacia aquellos con los que se departe.
Estos síntomas y otros no es necesario que se presenten todos juntos, sino que la existencia de algunos es suficiente para que se diagnostique ADD, lo que queda a criterio de los profesionales ante quienes se presente el paciente.
El grado de remisión total, que en niños alcanza al 40%, según los seguidores de las neurociencias, se desconoce para adultos.

Diagnóstico
La primera herramienta de la que se vale un profesional para diagnosticar es la anamnesis. Así, por la historia del paciente se buscan determinados signos de prevalencia de ADD en niñez y adolescencia, lo que se simplifica si hay algún antecedente constatado en este sentido. Hay que tener en cuenta que en el 60% de niños y adolescentes continúa presente, pese a los distintos tratamientos que se sigan.
Si no hubiera datos en la biografía del consultante, se procederá a intentar relevar los síntomas descriptos y otros que definan la constitución del cuadro o lo descarten.
Un dato que llama poderosamente la atención es: si la afirmación de que el origen de este trastorno es neurológico es cierta, ¿por qué las técnicas usuales de mapeo y escaneo y otros de medición del cerebro no detectan las anomalías? Y si el número de implicados por él es tan grande, ante el fracaso de los medios usuales, ¿qué es lo que detiene la instrumentación de alguno nuevo que sí dé cuenta de él? Porque si al menos el 5% de nuestros niños y un número indeterminado pero que se supone amplio de adultos están (¿o estamos?) afectados, ello ameritaría que se hicieran todos los esfuerzos para avanzar en su detección, los que, sin dudas, se verían coronados por el éxito material y espiritual.
En todo caso, hay que tener en cuenta que para decretar ADD en cualquier segmento etario es necesario constatar la persistencia de los síntomas en el tiempo, ya que todos los seres humanos solemos pasar por momentos de desequilibrio a lo largo de nuestras vidas, que a veces dependen de padecimientos físicos o espirituales que nos desacomodan.

Tratamiento
Además de los diversos tipos de terapias psicológicas, algunas de las cuales buscan reforzar conductas positivas y deprimir las negativas (es decir, atenuar o eliminar los síntomas), la medicación gana cada vez más terreno, pese a que aun quienes sostienen esta vía advierten que ni en niños, ni en adolescentes, ni en adultos hay que esperar una remisión completa y total. De hecho, muchos de ellos aseguran que la medicación no cura el ADD.
Básicamente, el universo farmacológico que se aplica se divide en dos tipos: los que son estimulantes y los que no.
Se utilizan con mayor asiduidad los primeros, bajo distintas denominaciones comerciales, algunas de las cuales, como la Ritalina, son famosas. Se cree (no se sabe a ciencia cierta) que incrementa los niveles de dopamina en el cerebro. La dopamina es un neurotransmisor al que se ha asociado con la motivación, el placer, la atención y el movimiento, entre otras. Este tipo de medicación tiende a mejorar la concentración y a enfocar la atención.
Algunas requieren dos o tres tomas diarias, mientras que otras sólo una. Estas últimas se prefieren, porque disminuyen la posibilidad de olvidar ingerirlas.
Pero no todo son beneficios. Entre los numerosísimos efectos secundarios que se señalan, se destacan: problemas de sueño, irritabilidad, desasosiego, depresión, jaquecas, taquicardia, pérdida de apetito, la aparición de tics. También puede afectar la personalidad, llevando a sus consumidores a adoptar conductas menos espontáneas y más rígidas e incluso a manifestar síntomas obsesivo-compulsivos. También se los señala como causa de muerte súbita en niños, adolescentes y adultos. De hecho, la Sociedad Cardiológica Norteamericana prescribe que se haga un seguimiento periódico de los individuos medicados con estimulantes.
Se recomienda la consulta inmediata si quien los toma tiene dolores de pecho, falta de aliento o síntomas de paranoia (escuchar, ver o creer cosas que no son reales, por ejemplo). Por otro lado, no se recomienda su utilización entre personas que padezcan cualquier tipo de enfermedad o defecto cardíaco, presión alta, hipertiroidismo, glaucoma, niveles altos de ansiedad y los que tengan antecedentes de abuso de drogas.
Los no estimulantes, como ciertos antidepresivos, suelen utilizarse cuando los estimulantes no producen los efectos deseados o cuando sus consecuencias secundarias son intolerables o peligrosas. Actúa sobre otro químico del cerebro, la neuroepinefrina.
Sindicada como menos efectiva, esta línea también tiene sus inconvenientes: somnolencia, jaquecas, agitación, irritabilidad y hasta tendencias suicidas (en casos extremos), entre otros.
Otro problema serio que trae la utilización de medicación es que algunas de ellas pueden ser adictivas, al extremo de que su supresión puede acarrear síndrome de abstinencia y el reavivamiento de los síntomas que se buscó combatir.
No resulta un dato menor que la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes, dependiente de la ONU, en su Informe de 1995 (casualmente, cuando comienza el apogeo mundial del ADD), haya manifestado la necesidad de controlar el uso de algunas sustancias psicotrópicas en las que se nota un aumento desmedido en cuanto a su suministro, entre ellas, las drogas-base de la Ritalina y de otros productos usualmente utilizados en ADD.

Para terminar
La pregunta que nos surge tras haber compulsado una buena cantidad de informes es la del título: ¿Yo también?
Los síntomas que se describen como propios del ADD no sólo parecen muy similares a los de otros padecimientos (depresión, angustia, histeria, obsesión, etc.), sino que, si somos sinceros y contestamos el Test de Amen, ¿no nos da que lo tenemos o estamos muy cerca de padecerlo?
Y sin ir a la prueba, ¿a veces no nos concentramos en demasía con algo y hay otras tareas que no nos van por más que lo intentemos? Vivir en una sociedad tan competitiva y estresante, ¿no hace que nos retraigamos y que nos resulte extremadamente difícil relajarnos y enfocarnos? Y así podríamos hallar dudas respecto de cada uno de los síntomas y hasta de grupos de ellos.
No queremos afirmar que no haya ADD en adultos o en niños o en adolescentes, sino que no está claro quiénes sí y quiénes no, ni cuál es la conjunción sintomatológica que traza la frontera, ni la intensidad de los mismos, ni cuál es la diferencia específica del ADD con otras formas patológicas o no que solemos portar la mayoría de los adultos.
Adrede dejamos de lado una palabreja y sus diversas formas que aparece muy frecuentemente en los textos de quienes afirman a rajatabla la existencia casi universal del ADD: “adaptado”. El adulto con ADD (y los niños y adolescentes) no se adapta, es distinto, molesta. Entonces se recurre a la píldora mágica. Cambia su conducta, aparecen otros síntomas, pero está adaptado: ya no causa problemas. ¿Adaptado a qué? ¿A la neurosis universal de nuestro tiempo? ¿A la homogeneidad que no admite diferencias? ¿A la lógica del mercado? En ese sentido, es muy probable que ante la vaguedad de los síntomas sí, yo también.

Ronaldo Pellegrini
ronaldopelle@yahoo.com.ar

Algunas fuentes consultadas:
– http://www.addresources.org/article_checklist_spanish_amen.php

http://www.alcmeon.com.ar/11/41/10_Rosan.htm

– http://www.addhealthandwell ness.com/es/concerned.php
– http://www.helpguide.org/mental/adhd_add_adult_symptoms. htm

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